Tengo tantos silencios por decirte y, sin embargo,
lo primero que viene a mi cabeza es esto de no saber
cómo debo matar a las ovejas que me miran.
Martín Raninqueo, ex combatiente de Malvinas

Museo Malvinas 4En el segundo piso del moderno Museo Malvinas e Islas del Atlántico Sur están encerrados los que sobrevivieron y que están esperando volver. Están escondidos entre restos de borcegos calcinados, atados de puchos vacíos y latas viejas de dulce de batata. Están expuestos en grandes vitrinas con maniquíes envueltos en los uniformes verde oliva que, treinta años después, no perdieron nitidez ni brillo.

Camino por la galería del museo envuelto en un silencio que podría ser de una iglesia vacía o una biblioteca universitaria. Pero aquí no hay manuales ni enciclopedias interminables. Aquí los que hablan son los saquitos sucios de café con leche azucarado y las teteras abolladas que sobrevivieron al frío polar. La historia está escrita en las cacerolas donde los conscriptos comerían arroz o lentejas, amuchados en las pichiceras subterráneas de barro (¿Habría imaginado Fogwill las ollas y tenedores cuando escribió Los Pichiciegos, encerrado en un departamento porteño? ¿En qué pensarán por las noches los utensilios encerrados en las vitrinas del museo?).

Junto a los cascos y los FAL hay cepillos de dientes y peines de plástico gastados. Hay que peinarse y afeitarse en la guerra. A la muerte hay que recibirla bien arreglado. Con las botas lustradas y manteca de cacao en los labios resecos. En Malvinas sólo hay frío y ovejas que miran fijo a los visitantes. A la hora de dormir, todos esos chicos de Formosa, Santa Fé, Chaco o Valentín Alsina ¿contarían ovejas?

“Pronto vas a contarle a tus hijos todas tus vivencias. Un beso grande y viva la Patria”, concluye la carta que María del Carmen Huaylla escribió “a un soldado argentino” desde la Escuela Media y Técnica N° 3 de Barrio Marítimo de Berazategui. La carta, como tantas otras, nunca llegó a las Islas. En cambio, se exhibe en la galería de un museo instalado en lo que fue la Esma, en Avenida del Libertador, junto a la edición original de la revista Gente del 6 de mayo de 1982, aquella que tituló “Estamos ganando”. La revista está deteriorada por el tiempo y el manoseo. Da la impresión de haber pasado por cientos de mesas, sillas, estantes y quioscos de la Argentina. La carta de María del Carmen, por otro lado, parece haber sido escrita hace diez minutos en algún colegio del sur del conurbano.

“Cuando tenés hambre te olvidás del estómago”, resume el conscripto Marcos García de la clase 62 en el “Informe Grossman”, transcripto por la solemne pluma de Néstor Perlongher. Los chicos de Malvinas se olvidaron del estómago; de la manera correcta de sentir hambre. “A un compañero lo estaquearon una noche entera por matar una oveja para comer”, relata un malvinero en el video reproducido en una de las tantas pantallas interactivas del Museo.

Camino y me pierdo entre las paredes blancas del museo. Por los ventanales de cristal entra un sol radiante que pega de lleno en el rostro acartonado de Galtieri en un recuadro, en las fotos de las Madres de Plaza de Mayo que reclamaban “Soberanía Sí, Proceso No”. La estructura vidriada del Museo permite que entre luz natural por todos lados durante todo el día. El brillo sólo se interrumpe en una cortina negra que oculta una instalación con 649 cruces blancas. Ahí siempre está oscuro.

Levanto la mirada y en una pared hay unos versos grabados en un panel: “Aquí no hay álamos ni luna, querido Pablo, aquí no hay luna. Por las noches sólo cuelga del cielotecho, una radio portátil, obsequio de tía abuela”. Firmado por Martín Raninqueo. Por un instante siento que me acaba de recitar el poema al oído, mientras nos refugiamos en una cueva como pichis, esos animales ciegos que hacen pozos para sobrevivir al frío.

Pero no es así. Sólo estoy en un museo de Avenida del Libertador, mirando una pared.  

La memoria es una pieza clave para sobrevivir en la oscuridad. Todos esos chicos sobreviven día a día en los pasajes silenciosos del Museo Malvinas; deambulan en los relojes de pulsera ya detenidos en el tiempo, exhibidos como restos fósiles; usan vasos y cacerolas como cuevas clandestinas donde refugiarse del paso del tiempo. Revuelven revistas y cartas sin leer.

Están allí, esperando volver para contarnos lo que pudieron ver a través de la neblina de las Islas. Todo eso que las ovejas observan en soledad y nunca olvidan.