Martes 2 de abril de 2013. La escena: barrios enteros bajo agua, autos flotando a merced de las corrientes, vecinos empapados hasta la cintura intentando salvar lo poco que no se había mojado y el caos general, imágenes que forman parte de la memoria colectiva de una ciudad que sumó a una fecha muy particular, su desgracia personal. Los cuatro puntos cardinales de la ciudad planificada a fines del siglo IXX y desfigurada por el Código de Ordenamiento Urbano (COU), no soportaron la combinación de un desarrollo descontrolado y la magnitud de una tormenta extraordinaria.

Dos años después de la tragedia, las marcas de la inundación, prolijamente borradas con pintura y lavandina, no logran suprimir el luto de miles de afectados, que observan estos 24 meses como una continuación eterna de un mal sueño que empezó esa tarde de 2013.

Cuatro experiencias que aún lastiman

Leyhla Canchero integra la Asamblea Vecinal de La Loma y califica a la tragedia del 2 de abril como “un crimen social”, consecuencia directa de la falta de obras en las cuencas inundables del arroyo del Gato que desde 2008 ya venían anunciando desde el municipio.

En palabras de Leyhla, el escaso criterio sobre la infraestructura pluvial primó ante la suposición de que un hecho de estas características nunca se desencadenaría, al menos durante esta administración del gobierno bruerista, lo que provocó “que la situación de los barrios se convirtiera en una tragedia como en la que se convirtió”.

Hasta ahora, las obras que se realizaron “son un maquillaje”, no se terminaron “y no se van a terminar, porque se las van a dejar al gobierno que venga”, asegura Leyhla. Y ante la evidencia de que aún faltan cosas por hacer, las Asambleas barriales encaran el segundo aniversario acompañando a familiares y víctimas de la inundación en un permanente reclamo por justicia.

Más allá de la crítica falta de infraestructura, un problema que puede comprobarse con un simple paseo por los barrios, a pesar del tiempo transcurrido, permanecen frescas las historias y los dramas que la lluvia dejó. Como las que cuenta Roque De Rito.

“Yo saqué cinco muertos”, dice Roque. “Perdí todo, perdí mi taller, mis cosas y nunca los recuperé”. Son heridas, recuerdos latentes que reviven esa noche en Ringuelet y Tolosa. donde el drama del agua y la inoperancia pegó fuerte, quizás de la peor manera, con vidas cegadas y daños materiales sin cálculo posible. Pero ¿cómo poder definir quién sufrió más ante un acontecimiento que afectó a toda una ciudad, y a todos sus habitantes?

De Rito paga hoy las consecuencias de su espíritu colaborativo y la voluntad de ayudar que surgió cuando el agua arreciaba y se jugó la vida: “a mí me dieron seis paquetes de suero, estuve internado”, recuerda. Y hasta le hicieron estudios médicos porque creían que tenía cáncer de pulmón, estreptococos o HIV.

Fabiana Uro vivía en el otro extremo de la ciudad, en Villa Elvira. Ese día volvía de Berisso en colectivo. Llegó y a los 10 minutos su casa se empezó a inundar, pero como era algo normal en la zona, “dejamos todo en donde estaba; era ir y volver”.

Pero esa vuelta a casa fue postergada por los 1,90 metros de agua que se acumularon y que arrasaron con todo lo que había adentro. Cuando notaron que lo que pasaba era inevitable, se resguardó con un familiar en una de las pocas casas de dos plantas que hay en el barrio.

A mitad de la noche “éramos 32 personas refugiadas” en el primer piso, entre vecinos, muebles, colchones, perros, gatos y tortugas, cuenta Fabiana, que también participa de la Asamblea Vecinal Villa Elvira. Hasta que alrededor de las 4 de la mañana un vecino con bote comenzó a rescatar a quienes estaban en peor estado.

Cuando el agua bajó, la ayuda llegó, pero tarde y a cuentagotas. El barrio se vio muy afectado por la saturación del arroyo Maldonado, cuya cuenca lo atraviesa transversalmente.

Aún así, dos años después, el riesgo continúa y el plan de contingencia que el Estado debe desarrollar ante casos similares no se conoce, algo que para Fabiana continúa “poniendo en riesgo a todos”.

Toda una tarde de lluvia y el agua hasta el cordón de la rambla de avenida 66, en Parque Castelli, alertaron a Néstor Rodríguez, que trepó, primero al techo, luego a un departamento desocupado, para salvar a su familia y a los vecinos.

“Éramos 30 personas adentro del departamento del segundo piso”, recuerda Néstor. Antes, había subido a su abuela de 98 años al techo de su casa con la ayuda de su hijo de 11. “Hago instalaciones de aire acondicionado, las escaleras que uso nos salvaron la vida”. Y no solo a él, sino a muchos que pedían ayuda en medio del caos y la oscuridad absoluta de esa jornada negra.

Néstor pertenece a la Asamblea de Parque Castelli y asegura que la situación en la ciudad “no ha variado” en cuanto al panorama general. “Lo único positivo de todo esto es que no volvió a llover como esa vez”.

Qué pasó el 2 de abril de 2013

El informe elaborado por la facultad de Ingeniería de la Universidad Nacional de La Plata después del evento, reforzó la certeza de que la rápida acumulación de agua y el escurrimiento de alta velocidad del líquido se debió a una tormenta de carácter extraordinario.

Pero también es cierto, -señala el informe-, que las zonas violentamente urbanizadas en los últimos años, algunas sobre el mismísimo cauce de ríos añejos, agravaron una situación complejizada por la insólita caída de agua.

Es lógico contemplar, entonces, que en la ocupación de los valles de inundación de arroyos urbanos como el Gato y Maldonado, es el origen de los mayores daños ocasionados durante la tormenta.

Párrafo aparte merece la inexistencia de un plan integral que contemple el riesgo de inundaciones en la zona, una causa fundamental al momento de analizar las consecuencias resultantes, en tanto daños materiales como pérdida de vidas humanas.

Todas las fallas en la gestión y asistencia se observaron de manera patente en la ausencia de acciones preventivas, en una respuesta tardía y desorganizada y en el déficit institucional de los responsables.

A toda esta combinación, se sumaron la falta de un sistema de alerta, mientras que la evacuación, si la hubo, se llevó a cabo caóticamente y por fuera de la planificación del Estado.

Dos años, dos mil millones de pesos en daños, miles de evacuados y 89 muertos después, no hay responsables, no hay culpables, ni siquiera procesados. Y las investigaciones avanzan lentas, como si estuvieran empantanadas en el barro judicial que aún sigue fresco desde la inundación.