Lilia murió ayer, apenas seis días después de que se cumplieran 38 años del asesinato de su compañero Rodolfo Walsh. La periodista fue quien acompañó al escritor en aquel marzo de 1977 cuando escribió y distribuyeron juntos la Carta Abierta a la Junta Militar. Y fue una mujer que se convirtió en una de esas personas imprescindibles en el camino de la Memoria, la Verdad y la Justicia; en parte de la historia del país.

Lilia Ferreyra falleció a los 71 años. Este es nuestro adiós a una compañera enorme, que vio volver a su compañero en las condenas a sus asesinos de la ESMA y que al nombrar al curso político iniciado en el 2003, tras la derogación de las leyes de impunidad, nos dijo: “me devolvieron las ganas de vivir”.

Escriben el adiós: Raquel Robles, Silvia Delfino y Flavio Rapisardi, Fabiana Rousseaux,  Ana Carbonetti.

“En algún momento del día, cada vez que camino por estas callecitas, entre los pajaritos que cantan y la sombra verde de la arboleda, camino y siento que cada paso que doy es un acto de libertad conquistada. Por todo lo que se hizo, por todo lo que fue la lucha contra la impunidad. Por toda la inclaudicable lucha de las Madres, de las Abuelas, de los organismos. Por mantener en alto las banderas de Memoria, Verdad y Justicia a través de décadas. Y, además, por la decisión política de Néstor Kirchner, quien las definió como políticas de Estado. Por todo eso estamos aquí.” Lilia Ferreyra. (Fragmento de entrevista de Martín Piqué realizada en la ex Esma en 2011).

 

El amor Rodolfo Walsh

Por Raquel Robles

Llegué tarde. Quería entrevistarla. Preguntarle todo lo que nadie le había preguntado sobre su amor con Rodolfo. Quería hablarle de mujer a mujer. Nos habíamos conocido en Página 12 y después había venido a casa a tomar vino tinto y a contarnos anécdotas de Walsh. Nosotros, los Hijos -así, con mayúscula- la escuchábamos y nos bebíamos cada palabra con avidez de beduino. Pero lo más increíble es que ella nos escuchaba a nosotros. Le contamos, por primera vez, cómo habíamos entrado a la Plaza de Mayo el 24 de marzo del año anterior -estábamos en 1997- y ella fumaba y nos escuchaba. Los ojos siempre un poco llorosos del humo se le aguaron un poco más y nos dijo: ustedes no se dan cuenta, pero están haciendo historia, lo que vivieron ya pertenece a la épica de nuestro pueblo. Pero qué importa lo que vivimos nosotros ahora. Qué importa los pedacitos que nos llevamos de ella. Lo que importa ahora es lo que ya no nos llevaremos, lo que no nos dirá, lo que no podrá escuchar. Tal vez parte de ser hijo de desaparecidos -duelar a ese muerto que no se muere nunca- es creer que la gente no se va a morir. Por qué no fui cuando pude. Por qué no le lleve la sopa que le ofrecí y que ella declinó ofendida porque “no estoy tan mal, che”. Tomemos café, me dijo. No te preocupes, tengo quien me cuide, no necesito enfermeras. Yo no quería ser enfermera. Yo quería hacerle justicia a su amor por Rodolfo. Porque aquella vez, y todas las veces que siguieron y todos los vinos tintos, y las veces que nos sentamos juntas en el diario a charlar de cualquier cosa, o a editarme generosamente una nota, entendí algo que sobrecoge entender: ella seguía enamorada. En aquel momento era joven y no había conocido el amor que es para siempre y me dio pena. Pero ahora ya había entendido: si se ama para siempre la muerte no es ningún impedimento. Pero llegué tarde. Ya no voy a poder preguntarle del Tigre, ni de las hormigas, ni de las charlas a la noche, ni de las mañanas en la mesa de la cocina, ni cosas íntimas. Porque yo no quería conocer a Rodolfo a través de ella, quería saber cómo se siente haber amado toda la vida al mismo hombre. Quería saber cómo se sobrevive a la muerte del hombre amado. Quería charlar de cosas de mujeres. Pero llegué tarde. Imperdonable. Porque ella no se murió de sorpresa. Se fue muriendo pitada a pitada y todos la vimos. Yo la vi. Tal vez quede el refugio de la ficción. Pero eso hoy no importa. Hoy la noche será oscura y no tengo el consuelo del cielo compartido, no me sale imaginármelos en una nube haciendo el amor otra vez. Hoy no me sale nada. Podría volver a fumar sólo para fumar un cigarrillo y acordarme de ella con el encendedor en una mano, el vaso en la otra y la sonrisa que le achinaba toda la cara. Sí, tal vez lo haga. Una pitada por vos Lilia. Dejame morirme un poco esta noche. Que es lo único que podría ayudarme a perdonar lo imperdonable: haber llegado tarde.

Lilia declara Walsh

Por Silvia Delfino y Flavio Rapisardi

Lilia Ferreyra declaró la primera semana de junio del 2010 en la Causa ESMA. En su testimonio ante el tribunal de la causa Esma Lilia relató los últimos días que compartió con Rodolfo en la casa de la localidad de San Vicente, y cómo al cumplir 50 años, en enero de 1977 se propuso dos apuestas para el 24 de marzo, aniversario del primer año de gobierno de la dictadura: terminar el cuento “Juan se iba por el río” y difundir la primera de esas una serie de cartas polémicas: la “Carta Abierta de un Escritor a la Junta Militar”. Relató cómo trabajó en ese documento hasta que alcanzó el tono que quería: una reflexión estratégica sobre las razones fundantes del golpe militar que “instauró el terror más profundo que ha conocido la historia argentina”. Lilia sostuvo que Rodolfo fue “un hombre que se animó, en las circunstancias más adversas, a escribir la carta con la certeza de ser perseguido, por el compromiso de dar testimonio en momento difíciles”. En ese testimonio, Lilia leyó partes de “Juan se iba por el río”, escrito inédito de Walsh que fue robado por los grupos de tarea de la Esma, y que pudo ver y recordar Martín Gras. Respecto de la desaparición y al asesinato de Rodolfo, Lilia destacó que todo lo que supo fue a través de los testimonios de los sobrevivientes: el operativo en Av. Entre Ríos y Av. San Juan y fecha maldita del 25 de marzo de 1977.Ante la pregunta del Tribunal respecto de si quería agregar algo a su testimonio, Lilia planteó que quería contar una anécdota: una tarde Walsh había llegado con un juego de damas chinas que compartieron muchas veces mientras ella trataba de avanzar rápidamente en el tablero y “comer” la mayor cantidad posible de fichas, Rodolfo le sugería que usara esa energía para trazar una estrategia en el tablero. Ferreyra concluyó su alegato interpelando a los genocidas “Rodolfo sabía que a él podían matarlo pero hoy están aquí en este tribunal siendo juzgados quienes planificaron un genocidio contra las luchas populares en Argentina” y continuó “Ganar así en un momento del juego no lleva a ganar la partida”. Rodolfo ganó, porque los milicos están siendo juzgados. Hoy ella se fue (o hizo su pascua) sabiendo que si esto hubiera sido un juego, ella también compartiría el montoncito triunfador de damas chinas.

El mandato de sobrevivir

Por Ana Carbonetti

Cuando a Lilia, en una entrevista, le preguntaron cómo vivían –Rodolfo y ella– la muerte, contestó que ese dolor –el de la muerte– sólo podía soportarse profundizando el compromiso político y la responsabilidad de poder encontrar una salida.

Walsh conoció a Lila en 1967, año que lo encontró profundamente conmovido por la muerte del Che y por elegir, de todos sus oficios terrestres, el violento oficio de escritor. Como si esa elección no hubiese sido arbitraria, incluso de su propia voluntad. Como si Walsh tuviera otro destino posible.

Cuando se conocieron él tenía 40 años y ya había escrito casi toda su obra literaria y periodística. Y durante los últimos seis años se había recluido en el Delta. En ese mismo año escribió “Un oscuro día de justicia”, un cuento sobre irlandeses sin mayor trascendencia en su carrera, pero en el que hablaban otras realidades, ya no sólo de los irlandeses, sino de la esperanza inquebrantable en la astucia, la sabiduría y la paciencia de un pueblo para convertir un revés en victoria.

En 1973 Walsh se incorporó a la organización Montoneros. Convencido sobre la necesidad de tomar conciencia sobre la racionalidad de una lucha político-militar que no admitía improvisaciones. Para él, ese proyecto no podía sentarse sólo en un espíritu revolucionario, sino en una correcta comprensión de la fuerza del enemigo, en la solidez de un pensamiento histórico y en la elaboración de una estrategia política global.

De ahí en adelante su militancia estaría signada por esa concepción. Y eso lo llevaría a comprender el desenlace del proceso histórico que le(s) tocaba vivir como militante(s). Lila, más que acompañar, viviría de forma testimonial aquellos últimos años con Walsh.

El día de su cumpleaños n° 50, en enero del 77´ definió dos apuestas para el aniversario del primer año de gobierno de la dictadura, terminar el cuento de “Juan se iba por el río” y difundir la primera de una seguidilla de cartas, que años atrás había definido como “polémicas”: la “Carta Abierta de un Escritor a la Junta Militar”.

El jueves 24 de Marzo celebraron juntos haber ganado esa apuesta. Y pasadas las doce terminó de teclear las otras cinco primeras copias de esa carta.

Por esos años, Walsh solía decir que había que “salir del territorio cercado, Buenos Aires”, e iniciar “la expedición hacia el sur”. Y por eso estaba de acuerdo con el exilio de la conducción de Montoneros. Entendía como una necesidad –y no por el contrario como una rendición– el repliegue para evitar el aniquilamiento.

Quizá para aquel escritor, que en su comprensión histórica supo leer y sintetizar el fin – antes del fin mismo– , no habría sido posible dimensionar la trascendencia de la palabra. De la suya. De la certeza de que “aún si mataran al último guerrillero no haría más que resurgir bajo otras formas”

De ver a su compañera Lilia, 30 años después, al frente de la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación, o como coordinadora –de la entonces casa del terror, ESMA– ahora convertida en el Espacio Memoria.

O de los más de 300 genocidas enjuiciados. Del perdón en nombre del Estado que tardó 30 años en llegar, pero llegó.

O de la decisión política de bajar los cuadros. De abrazar a las madres. De buscar a los nietos. De encontrarlos.

O de los 860 árboles del bosque de eucaliptus que Lila plantó frente al Casino de los oficiales.

O de aquel mandato de sobrevivir, 71 inmensos años. Y de reencontrarse con su amor.

“Las voy a recordar siempre juntas en ese gesto”

Por Ángela Urondo Raboy

“Tu mamá movía los hombros así”, dijo y sacudió gracioso el esqueleto para mostrarme la dinámica.

Eme Eme había preparado un guefilte fish memorable y mi hermano cuidaba que el nivel de las copas nunca caiga. Habíamos hablado de un montón de cosas. Era el momento mágico en que brillan los ojos y las sonrisas quedan suspendidas en las bocas de todos.

Lilia con su sonrisa amplia, generosa, me regalaba ese movimiento de hombros, como un guiño, el gesto particular y claro de la personalidad de mi madre.

Pero el Perro no estuvo del todo de acuerdo. “Era así”, dijo y describió un movimiento de hombros un poco más lento y sensual… con mirada de varón.

Se discutió un rato, con mucha risa, sobre cuál era la justa medida entre las dos versiones del movimiento exacto de los hombros de Alicia.

Lilia le dio cuerpo para que yo pueda verla.

Las voy a recordar siempre juntas en ese gesto.

Qué dolor
y qué amor.

Gracias Lilia.
Te quedas conmigo.

Una lucha que no cesa

Por Fabiana Rousseaux

Eduardo Luis Duhalde convocó a Lilia a trabajar en la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación, en el año 2003, desde los inicios de su gestión. Primero como asesora del Archivo Nacional de la Memoria. Y luego en otros cargos, como representante del Ente Tripartito de la Ex ESMA.

Además de haber sido la compañera de Rodolfo Walsh desde la época de Prensa Latina, desarrolló un largo derrotero en busca de Memoria, Verdad y Justicia. Así, en el 2010  nos tocó acompañarla en su declaración testimonial en el juicio por la causa ESMA, en el primer tramo de este juicio donde se juzgaron y condenaron a los genocidas responsables de la desaparición de Walsh.

Desde chica, la figura de Rodolfo y de Lilia eran símbolos de la militancia y compromiso por la lucha antiimperialista y posteriormente por los Derechos Humanos. De modo que cuando tuve que intervenir como Directora del Centro de Asistencia a Víctimas de Violaciones de Derechos Humanos, Dr. Fernando Ulloa (ámbito que creamos en el marco de la Secretaria de Derechos Humanos), sentí ese privilegio que a veces nos embarga cuando estamos ejerciendo una función que no es, ni más ni menos, que estar al lado de los grandes, de quienes escribieron nuestra propia historia.

Como parte de una generación que había crecido con su nombre y el de Rodolfo como referentes, sentí un enorme orgullo de compartir con ella, el ámbito institucional de la nueva política de Derechos Humanos que se estaba gestando en el país.

Ella, como tantos otros compañeros y compañeras que se atrevieron a desafiar al discurso del Estado terrorista argentino (Duhalde dixit), fueron pilares esenciales en la construcción de las nuevas políticas de Memoria, Verdad y Justicia. Su partida, como la de otros tantos referentes, es insustituible.

Hasta la victoria siempre, querida e imprescindible Lilia.

 


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Somos Memoria – Lilia Ferreyra (Encuentro)

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