Keila R aitzinPor Keila Raitzin

“Vamos a decirlo: ¡ALCA, ALCA, al carajo!”. Este año celebramos una década de aquel día histórico en que los presidentes Hugo Chávez, Luiz Inácio Lula Da Silva y Néstor Kirchner se tomaron de las manos para decirle NO al intento de Estados Unidos de crear en nuestra región el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA). Allá por 2005, en Mar del Plata, Chávez dejó en claro que no se trataba sólo del rechazo a un acuerdo comercial: “Tenemos que ser no sólo los enterradores del ALCA, sino los enterradores del modelo capitalista neoliberal que desde Washington amenaza a nuestro pueblo desde hace tanto tiempo”.

Poco después, se inició un rico eje de debate entre los estudiosos de la política latinoamericana. Diversos analistas coincidieron en que asistíamos a un nuevo ciclo político común en América Latina, esta vez caracterizado por el giro a la izquierda, luego de la larga noche de hegemonía neoliberal. En este marco, en la revista Nueva Sociedad (N° 205, septiembre-octubre de 2006), el sociólogo ecuatoriano Franklin Ramírez Gallegos se manifestó respecto de lo que para él significaba la novedad destacable del momento: “Nunca antes partidos, coaliciones o movimientos políticos que se reconocen como provenientes del campo de la izquierda han conseguido ser elegidos democráticamente, casi al mismo tiempo, al frente de los gobiernos de un número tan amplio de países latinoamericanos”.

Hoy, una década más tarde del NO al ALCA, podríamos decir que la novedad destacable del momento ya no es tanto el ascenso político democrático de las izquierdas en América Latina, sino su reiterada relegitimación a través del voto popular. Repasemos, por ejemplo, las victorias electorales para presidente de Venezuela (cinco), Brasil (cuatro), Argentina (tres), Uruguay (tres), Bolivia (tres) y Ecuador (tres).

En el Foro Internacional por la Emancipación y la Igualdad, Ignacio Ramonet hizo referencia a este punto en su exposición. El pensador español señaló: “En ningún país donde fue elegido un programa de transformación social radical, neoprogresista, de inclusión social, de crítica de las políticas neoliberales, esas políticas han sido derrotadas electoralmente. Las dos únicas experiencias fracasadas lo han sido por golpes de Estado de nuevo tipo en Honduras y Paraguay”.

Si bien Chile sí podría contarse como excepción, la victoria electoral de Sebastián Piñera en 2010 estuvo sucedida por el regreso de Michelle Bachelet a la presidencia en la siguiente elección. Más allá de esta excepción, el señalamiento de Ramonet no deja de ser impactante: ninguna de estas experiencias en América Latina, que algunos califican como posneoliberales, logró ser interrumpida a través de las urnas.

Este año hay elecciones presidenciales en Argentina. Cualquier tipo de análisis que se pretenda encarar al respecto requiere, como es sabido, un ejercicio de contextualización. En este sentido, no se pueden dejar de considerar tres cuestiones. En primer lugar, la pertenencia de Argentina al ciclo político común de giro a la izquierda. En segundo lugar, la contundencia de los números: allí en donde se respetaron los calendarios electorales, todas estas experiencias fueron ratificadas por el voto popular a lo largo de los años, con excepción de Chile para el período 2010-2014. Y, finalmente, el hecho de que los únicos casos dentro de este ciclo que se encuentran interrumpidos al día de hoy son los de Honduras y Paraguay, y en ambos países el detenimiento se ha dado por fuera del cuarto oscuro.

A estos tres elementos generales del contexto regional, también podemos sumar ciertos datos destacados de la actualidad más reciente de Venezuela, Brasil y Argentina. Por un lado, la declaración de Venezuela como “amenaza extraordinaria a la seguridad nacional de Estados Unidos” por parte del presidente Barack Obama. Por otro, la marcha opositora del 15 de marzo en Brasil, en la que desfilaron banderas con consignas como “intervención militar constitucional”. Por último, en Argentina, la secuencia en torno al caso del fiscal Alberto Nisman, quien, según WikiLeaks, mantenía vínculos directos con la embajada de Estados Unidos.

Si hay algo que aprendimos los latinoamericanos en este nuevo ciclo, entre otras cosas, es que la simultaneidad de ciertos procesos en nuestra región –con las respectivas especificidades y matices nacionales– no se debe a una mera coincidencia. A una década del NO al ALCA, no podemos dejar de observar que Venezuela, Brasil y Argentina, los países que lideraron aquella iniciativa conjunta en 2005, son hoy los lugares en los que la ofensiva desestabilizadora de la derecha local y extranjera se ha vuelto más feroz. En un año electoral, estas circunstancias adquieren todavía mayor relevancia. Como también dijo Ramonet: “Estas ideas por el momento tienen el apoyo popular. Por eso, también, no es casualidad que ataques de nuevo tipo se estén produciendo en varios países. Como si la oposición o las fuerzas conservadoras internacionales estuviesen ahora convencidas de que, si la democracia funciona correctamente, estas ideas se van a mantener por largo tiempo”.