Por Flavio Rapisardi

Año 1983. La UCR había movilizado un millón de personas al Obelisco de la Ciudad de Buenos Aires. El peronismo en todas sus tendencias (peronismo revolucionario, Línea Nacional, MUSO, FUP y las variantes de la JP de entonces: JUP, Liberación, Línea, entre otras) junto con los sindicatos, trabajamos durante semanas con partidos aliados (FIP, PC, PCP y PIN) para producir una de las mayores movilizaciones preelectorales que recuerdo: dos millones de personas formábamos una alfombra humana desde Constitución hasta el Obelisco.

Yo militaba en la JP de Avellaneda, territorio de Herminio Iglesias y Dario Argento. Nuestra columna tenía 10 cuadras con identificaciones de barrios: Sarandí, Gerli, Villa Corina, Domínico, Wilde, Piñeiro, Dock Sud, Villa Argentina. Casi todxs teníamos formación política: la lectura de “Conducción Política” y “El Proyecto Nacional” eran bibliografía obligatoria en las unidades básicas. A mi me tocó los viernes: en una larga mesa nos sentábamos luego de leer apartados de los libros y Herminio, sentado en la cabecera, abría el debate. Durante un año, con toma de lista, leí los dos primeros libros de formación política, y cerramos los textos en la última página con vasos de plástico y sidra para festejar las fiestas con un Herminio que ya se consideraba Gobernador.

Aquella JP junto con todas las columnas de la poderosa tercera sección electoral arrancamos caminando de Plaza Alsina con lxs militantes de Quilmes y Lanus. Los cantos diferían, pero la Marcha Peronista era un rugir común que hizo cerrar más de una ventana a nuestro paso que supo guardar silencio cuando la inmensa marea pasó por la Casa Cuna.

Llegamos victoriosxs a fuerza de empujones y la legitimidad de ser “de la tercera”. Allí en el palco, invocando la conducción de Isabel Perón se sucedieron los discursos de Herminio, de Bittel y el cierre de Luder. Rugíamos, las encuestas nos daban como ganadorxs cómodos, un amplio arco de partidos nos apoyaban, nuestra marcha doblaba a la radical. Y fue en ese momento que a alguien acercó un ataúd blanco en el que se leía claramente “UCR” y “Alfonsín”. Herminio, el de la cita de los viernes acerca fuego y lo enciende. El sarcófago ardió y muchos rugimos a pesar de las dudas, aún en las filas propias, sobre un supuesto pacto sindical-militar. Algunxs militantes con más experiencia no fueron efusivos, por el contrario, se preocuparon y no fue en vano. Días después el radicalismo obtenía la victoria y en el peronismo se lanzó un debate fuerte del cual surgieron términos como “mariscales de la derrota” y “renovación”. No me considero pacifista, por lo que quemar un símbolo que en aquel entonces muchxs considerábamos representante de la traidora socialdemocracia europea (luego la historia demostró, por ejemplo, cuánto nos equivocamos en no apoyar a Bernardo Grinspun) formaba parte y aún lo forma, de modos de manifestación política.

Ahora bien, efusivos y preocupados de nuestras filas votamos o apoyamos la fórmula peronista mientras “la quema” pasó a ser discutida como peligro antes del acto eleccionario y luego con las cifras que nos pusieron por primera vez en la oposición. Pero a nadie se le ocurrió decir “nosotrxs no fuimos” o “fue la organización X”. De acuerdo o en desacuerdo con la quema y sus consecuencias surgieron debates, posición, dirigencias. Pero nadie le sacó el cuerpo a un evento ígneo que ninguna bandera trató de apagar.

Pasados los años, haciendo balances, hay lecturas diversas, pero todas hechas en el marco de un evento “propio” en el que la responsabilidad no es eyectada bajo una forma de neurosis políticas en un tercero .

Qué diferente fue esa actitud a la que las fracciones del troskismo criollo, organizaciones antirrepresivas y autonomismos camaleónicos tomaron respecto a la quema de la figura de Hebe de Bonafini: gacetillas de “despegue”, negación esquizo de la propia presencia silenciosa festejante y hasta una inaudita solicitud de ser merecedorxs de un pedido de disculpas.

¡Estimasdxs! La historia política argentina tiene un largo recorrido, y tratar de eludir la responsabilidad de lo que ocurre en un acto, es como negar que el agua que pusimos en una canaleta propia, que cavamos “multisectorialmente” entre “La Plata, Berisso y Ensenada” desde la previa hasta la quema con banderas ondeando, y sin atinar a apagar la imagen de una madre de Plaza de Mayo ardiendo, te convierten en un quemado, lo que quizá explique que los constantes errores de la izquierda liberal sean vividos como un problema de la ideología-cámara invertida-falsa conciencia de un pueblo, al que, claramente, desprecian con sus excusas esquizofrénicas o cínicas.


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