Por José Welschinger

La escalera mecánica dejó a la gente en una 9 de Julio llena de gente, ruido y color. Con los ojos todavía acostumbrados a la oscuridad del subte, lo primero en llegar fueron los bombos, los platos, los repiques y los redobles de las mil agrupaciones embanderadas que avanzaban por Avenida de Mayo hacia Casa de Gobierno. Lo segundo, el humo de los puestos de comida, que flotaba espeso como pólvora en una película épica. La ciudad parecía librada a la suerte de un carnaval estridente, sin forma, que se movía intuitivamente hacia la Plaza como arrastrado por una leve fuerza de gravedad.

Las calles y las veredas estaban completamente saturadas de personas de todas las edades. Tres cuartas partes eran mujeres. Hasta donde llegaba la vista, en todas direcciones, había familias y grupos de amigos. Incluso las agrupaciones eran bastante heterogéneas: por acá unos jubilados del conurbano, por allá unos barrios de pié, y al lado un sindicato de no docentes. Y, obviamente, el movimiento LGTBI con su kilométrico arcoíris de la diversidad y la integración, haciendo chistes mientras avanzaban por el medio de la muchedumbre.

Sin embargo, la mayor parte estaba compuesta por gente “de civil”, sin banderas. Más tarde, esa noche, los medios dijeron que hubo al menos 200.000 personas. Otros especulan que fue el doble.

A paso de elefante, llegamos hasta la Plaza. Lo que ya era un mundo, se abrió como una comparsa: globos y guirnaldas y las bandas tocando trompetas para que baile la murga. Los  muñecos eran Griesa, un demonio, un buitre, Videla… De a poco se iban deslizando, como separadas por Moisés, las columnas compactas de Avenida de Mayo para rodear la plaza por izquierda y por derecha. Estaba lleno de nenes y nenas, sueltos o a hombros de sus papás.

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Recordé cuando era chico. Mi vieja me contó que empecé a caminar en una de las rondas del 24 de marzo. Tengo recuerdos de las marchas y los actos, hace cosa de veinte años. Lo poco que me queda de aquello es que el Día de la Memoria era una fecha pesada, dolorosa, más parecida a una vigilia de Pascua que al corso en el que ahora me encontraba. No podía conciliarlo con las imágenes de mi niñez, en el pueblo, donde esperaba sin entender demasiado que alguien terminara de hablar por el triste altoparlante saturado que llevaban a todas las marchas para empezar a aplaudir como los que estaban al lado mío. Inevitablemente, pensé en la primera vez que vi llena la Plaza de Mayo: no fue un 24, sino un 25; y no de marzo, sino de mayo. Ya pasaron once años, pero recuerdo perfectamente esa noche; porque, además, después de Silvio Rodríguez tocó Charly García.

Apenas me entraba en la cabeza, hace diez años, que el 24 de marzo se hubiera convertido no sólo en una fecha oficial, sino además oficialista. En ese momento, recién llegado a La Plata, me prendía en todas las marchas que se hicieran, como si ahí hubiera algo de la vida que podía llegar a entender si miraba con mucha atención.

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Un grito generalizado y las manos levantadas obligaron a mirar hacia arriba, hacia donde todos saludaban, a un dron muy acrobático. Casi al mismo instante, igual que rockeros entrando a un recital, las Madres de Plaza de Mayo llegaron a la Plaza saludando hacia todos lados desde un micro descapotable que se deslizaba por Yrigoyen.

–Mirá, es Aníbal –comentó Belén.

–Y ese es Víctor Hugo –le contestó Juani, notando a las personalidades que venían con las Madres en el descapotable.

–Chicos –los cortó Adam–, ¿les parece si avanzamos un poco?

El grupo de jóvenes avanzó buscando un camino entre la gente para llegar al escenario.

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La muchedumbre abrió paso a una columna de ex combatientes, y aplaudió a su paso. Desde el escenario comenzaron anunciando la conmemoración del Día de la Memoria, Verdad, Justicia “y alegría”. Era lo que se notaba en la música y los cantos: no resistencia, sino triunfo.

El acto no fue político: más bien fue política. Se repudiaron las pistolas eléctricas que quiere usar Macri con su policía, así como se rechazó al Grupo Clarín con sus permanentes intentos de desestabilización. Hablaron las Abuelas de Plaza de Mayo, con Estela a la cabeza, evocando los años de lucha y la memoria de los seres queridos que dejaron la vida por una Argentina democrática e inclusiva.

Los discursos se cerraron con el aviso de que a continuación habría “otra marcha” en la Plaza, y pidiendo a las agrupaciones que se dispersaran por las calles adyacentes.

Esa otra marcha era de agrupaciones y organismos no afines al gobierno. Pensé que ahí estaba el nudo de lo político, en una tenencia compartida de la Plaza que no ocultaba lo conflictivo de la realidad. Esas otras agrupaciones también tenían su música y sus cantos, pero no de triunfo, sino de resistencia.

Entre los grupos que iban hacia la Plaza estaba Victoria Donda, desfilando como una vedette. Ella sola al frente de la columna de la organización a la que pertenece. A esa hora, la 9 de Julio se podía caminar a contramano, desierta y con cierto aire postapocalíptico bajo el cielo pálido. Desde el Ministerio de Desarrollo Social, Evita gritaba por un micrófono.

En la avenida estaban estacionados los colectivos, cargados de militantes que se dormían por el cansancio. No eran gente de clase media. El chofer era un laburante honesto, que durante el camino instruyó en la rigurosa normativa a la que se somete un chofer de colectivo escolar. Se quejaban del “olor a pata” cuando subió el que evidentemente mandaba para pasarles lista. Hicieron silencio, como en el colegio. Nadie habló.

–Pero todo eso –dijo el chofer después de enumerar mil leyes y ordenanzas, mientras encaminaba el micro hacia La Plata– no le sirve de nada a alguien que no entiende lo principal: nosotros cuidamos lo más importante, porque estamos transportando el futuro.

“Es verdad”, respondí. Todos esos chicos en la Plaza algún día serán grandes, y llevarán a sus hijos el 24 de marzo. Me gustaría estar acá dentro de otros veinte años para ver qué pasa. Porque la historia se sigue escribiendo.