Por Raquel Robles

Hace ya muchos años, en 1996, todo lo discutíamos en nuestras asambleas de HIJOS. Pero también discutíamos en el restorán donde comíamos después de la asamblea, y en las casas de los que vivían solos donde nos juntábamos para pasar el tiempo que separaba una asamblea de la otra. Ya discutíamos desde el año anterior, pero ese año lo recuerdo por una discusión en particular. Era muy entrada la noche y habíamos bebido y bailado y hablado de todo y de nada. Entonces alguien se puso serio –alguien siempre se ponía serio– y dijo que nosotros teníamos que luchar contra la impunidad porque era nuestra razón de ser, porque era el imperativo ético de todo revolucionario –así lo dijo–, pero que teníamos que asumir que los milicos nunca iban a ir presos. Y ahí se armó la podrida. Porque otro se puso de pie, y sin dejar de ahorcar la botella de cerveza con la mano derecha, con la izquierda se golpeó el pecho y se puso a llorar. Sin ruido, sin espasmos, sólo lágrimas de esas que derraman los que son tan machos que hasta lloran en público. Y dijo: “Nosotros luchamos para ganar, y nosotros vamos a ganar, los milicos van a ir presos, ahora o después, pero los vamos meter en cana”. Lo dijo así, llorando, gritando, calentando la botella con la mano, sin tomar ni convidar. Y a muchos nos dio un poco de pena porque en el fondo creíamos que él tenía razón. Si todavía estábamos tratando de convencer a la gente que de verdad nuestros padres estaban desaparecidos, que no estaban tomando sol en España, que los bebés habían sido realmente robados a sus madres en campos de concentración, que había habido, ahí mismo, en las ciudades, al lado de las casas, en avenidas principales, lugares donde se había torturado hasta la muerte a un montón de gente. Si los diputados de la democracia habían votado que ya no se juzgara a nadie. Si se hablaba de las bondades del perdón. Si habíamos hecho explotar la plaza en contra del indulto y los pocos que todavía estaban presos volvieron a sus casas con cara de ofendidos. Si Bussi era gobernador electo en Tucumán.

Pero igual luchamos. Todos. Los que creían que el deber de todo revolucionario es luchar aunque sepa que está haciendo menos amarga la derrota y los que creían que íbamos a vencer.

Y vencimos. Las leyes se derogaron y los milicos están yendo –en un goteo a veces exasperante– a cumplir sus sentencias a la cárcel.

Y vencer es una experiencia rara. No hay adjetivos que vengan fácil a la boca de los que tenemos entrenamiento en ser fuertes ante la derrota. Pero digamos, para acercar alguna apreciación que es hermoso.

Y sin embargo, hay algo en el fondo del paladar, casi llegando al esófago, que vuelve como una comida mal digerida. Un regustito a derrota. Un eco. Una pregunta insidiosa: ¿vencimos? ¿era esto todo lo que queríamos? Porque había algo en ese que decía que el imperativo ético de todo revolucionario es luchar aunque sepa que no va a ganar que sigo echando en falta: revolucionario. No porque tenga una nostalgia de una lucha setentista en la que no participé. No porque siga creyendo que la revolución es de una sola manera. Pero… luchar contra la impunidad era un piso. Empezar a reconstruir los lazos sociales destruidos por la dictadura. Recuperar algunos de los derechos sociales avasallados. Ganar la batalla por la narrativa y que ya no se pueda decir “proceso de reorganización nacional” ni “lucha contra la subversión” y que se llamen a los cosas por su nombre: asesino al asesino y luchador al luchador. Todo eso era para volver a pararse y animarse otra vez a soñar, a imaginar nuevas utopías. Cristina es la mejor presidenta que haya tenido la Argentina. Como no soy peronista no le debo a Perón la pleitesía que le deben otros, así que lo puedo decir. Pero ella aclara siempre –y lo bien que hace– que no tiene “una afán estatista”, que esto es “capitalismo”, “que nadie se confunda”. Por eso ni ella ni el kirchnerismo me desilusionan, porque sé, siempre supe, que estábamos en un proceso reformista. Y cuando se reforma, se mejora lo más que se puede dentro de una estructura, siempre hay un techo. Lo que me desilusiona –si cabe, si importa– es que los que luchan no tengan utopías. Y entonces lo importante sea no perder lo que conseguimos. Que por supuesto es importante. Nunca menos. Pero compañeros y compañeras: siempre más. No tengamos utopías como postales de un paraíso. Animémonos a no saber exactamente cómo será el mundo que queremos habitar. Pero no renunciemos a la imaginación porque entonces nada tendrá sentido. No tengamos miedo: desear un mundo sin clases sociales no implica despreciar lo que se ha logrado, ni ser poco pragmáticos, ni renunciar a construir lo más alto que se pueda en el contexto que nos toca. Desear implica, valga la redundancia, no perder la posibilidad de desear.

Vivimos en una Argentina año verde. Donde Ricardo Piglia tiene el horario central del sábado para hablar de Borges, donde se juntan los pensadores de Latinoamérica y de Europa y se pronuncian contra el imperialismo. Donde se les paga a los jóvenes para estudiar. Donde hemos vuelto a pronunciar palabras que parecían muertas de tan dormidas. Y eso es muy bueno. Es maravilloso. Pero sólo cuando encontremos las nuevas utopías habremos vencido. Antes todo será la larga recuperación post traumática de la caída más estrepitosa que el sueño revolucionario tuvo en nuestro país. Aprendamos de los huesos rotos, que las heridas nos recuerden siempre dónde nos lastimamos, dónde nos equivocamos y volvamos a empezar. Por el principio. Por la utopía. Y entonces habremos vencido de verdad.