Por Carlos Barragán

Hebe me convocó a la marcha del jueves con una consigna: hablar de la noticia que se invisibiliza.

Pensé en las cosas buenas que nos vienen pasando y que los medios ocultan: hospitales, escuelas, salud, el satélite, Atucha, los buitres.

Y entonces pensé un poco más y me dí cuenta de que lo que más se invisibiliza, lo que siempre se invisibiliza de nosotros, es el amor. El amor entre nosotros, el amor por Cristina, y el amor por Néstor. Entre los compañeros hablamos de que la amamos a Cristina. Y ese amor es político, es ideológico, es aguerrido, pero también es amor, nomás…

Y es también amor hacia una madre. Porque esa líder, esa jefa que es Cristina conduce este gobierno que es también el gobierno de una madre.

Y entonces seguí pensando, y pensé en mi propia madre, y pensé en Las Madres, y en Hebe que es Las Madres.

Yo me llamo Barragán. Ese es el apellido de mi madre. Ella le exigió a mi viejo que me agregara su apellido al de él. Barragán es un apellido típico del Dique, donde nació mi madre, un barrio de Ensenada, de la Ensenada de Barragán, de donde es Hebe. Hebe del Dique. “La Hebe Pastor”, como le decían mi mamá y mis tías cuando Hebe empezó a hacerse conocida y yo creía que ellas no sabían su nombre, que para mí era Bonafini.

Mi mamá que en su juventud probablemente haya compartido con Hebe algún viaje en camión a Punta Lara o la Isla Paulino, me pasó el Barragán y me pasó ese barrio: El Dique. Sin ese barrio en mi vida estoy seguro de que yo hoy no estaría acá. Y quiero hablar de esta coincidencia increíble de ese barrio que me trajo hasta acá, y de esta Hebe que hoy me trajo hasta acá.

Aunque mi mamá se fue de ahí cuando se casó con mi viejo que era un estudiante de ingeniería, y se fueron a vivir a la zona norte, a Beccar, a Olivos… a esa zona tan burguesa y de clase media perfecta. Ella salió del barro del Dique y de su pobreza, pero por amor a su hermana volvimos a aquel barrio todos los fines de semana de mi vida. Yo fui un chico de colegio privado de lunes a viernes, pero el sábado iba a compartir con mis primos el barro, los charcos, las zanjas, el campo de Albino, el olor a kerosene, la pesca de ranas, la mugre, las inundaciones, la pobreza, los asados, las alegrías, los hormigueros, y sobre todo, entre mis 12 y mis 18 –porque yo nací en el año 64– mientras vivía esas cosas ocurría la dictadura. Y a la noche, durante los asados en familia se escuchaban los tiros.

En 1983, cuando murió mi madre, yo era un colimba que custodiaba las urnas y creía que ya era grande, y creía que con la democracia que volvía se iban a solucionar todos los problemas. Pero recién ahí descubrí los problemas, y la historia, porque mi tío –el papá de esos primos con los que yo pescaba ranas– era un militante comunista, y muchas veces estuvo a punto de tener problemas serios, y sus hermanos los tuvieron muy serios. Y nos enteramos después. Gente del Dique, militantes de izquierda, laburantes…

La historia del país se volvió oscura, lenta, vinieron años de desilusión, de tristeza, de descreimiento…

Aunque Las Madres seguían reclamando por sus hijos y por los ideales de sus hijos, y por la lucha de sus hijos, que eran la lucha y los ideales de muchos que estábamos en silencio. Las madres y unos pocos más –desubicados y solos– que seguían luchando contra todo: cuando la ley y la fuerza de los que hacen la ley estaban en contra de cualquier cosa justa.

Yo no luché, era un tipo suelto, solitario también, y recién cuando empecé a trabajar en la radio como guionista puse alguna gota caliente en aquel mar helado: a veces despotricando contra el imperialismo yanqui, contra el capitalismo, contra el liberalismo, contra la privatización, contra la impunidad de los genocidas, contra el fin de las ideologías… pero siempre con mucha amargura, con pesimismo, y sintiéndome un ridículo que todavía reivindicaba esas cosas que eran ideas ingenuas, en un mundo donde nos decían que ya no existía la izquierda, ni la derecha. Donde sólo existía un mecanismo intocable, inexorable, que se llamaba mercado.

Eso también estaba invisibilizado. Como hoy está invisibilizado el amor que sentimos entre todos nosotros y –insisto– por Cristina. Los medios poderosos son el capitalismo y el capitalismo es un sistema que funciona en base a la falta de amor. Por eso nos hablan de odio, de mentiras, de muertes, de violencia, de egoísmo, de competencia, de robos, de envidia. Por eso Néstor hablaba de amor, y a uno le parecía raro. Y hasta un día, no me acuerdo dónde ni cuándo, pero me acuerdo que era un acto enorme donde estaban todos los sindicatos, Néstor dijo a los gritos enfrente de ese público de hombres rudos, que él amaba a Cristina, y fue una declaración política de amor. Como todo lo que Néstor hacía y decía.

Mis tíos del Dique hace varios años que murieron. Pero los dos llegaron a conocer a esta gente que llegó desde el sur a la Casa Rosada. Y se olvidaron de su izquierda antiperonista, y se hicieron kirchneristas, sin sentir ninguna contradicción, igual que mis primos, igual que muchos de nosotros. Igual que mi primo Luis, que fue uno de los organizadores de la Noche de los Lápices, comunista también, y fanático kirchnerista.

Las marchas de los jueves no salen en los diarios poderosos.

Como no sale que lloramos cuando nos juntamos a hacer fuerza por este gobierno, por esta manera de vivir que no queremos que nos roben. Y lloramos por la indignación de que la insulten a Cristina. Como no sale que lloramos por la emoción de encontrarnos y por la felicidad de sentir que somos una misma fuerza en una misma plaza, como no salen otras historias de lucha, de barrios, de barro, de trabajo pesado que hace doler el cuerpo… de noches amargas que hacen doler el alma.

Como tampoco salen las resurrecciones cuando llegan tiempos de justicia, de mejorar la vida, de un buen laburo, de construir la casa, de unas vacaciones, de tener a los chicos sanos, abrigados, y bien comidos. O como me dijo una mujer el 1º de marzo: de tener a sus tres hijos con trabajo, a su madre jubilada y con zapatos nuevos, y de poder ir a visitar a su familia a Formosa dos veces al año. Nada de eso le pasaba antes a esa mujer. Y nada de eso sale en los diarios poderosos. Porque en los diarios poderosos no sale la vida. Porque nunca van a contar lo que nos pasa. Por eso nunca se van a enterar de que no hay chorizos que muevan a la militancia. Porque desconocen –y no pueden creer– que hay amor en lo que hacemos.

La Madres con sus pañuelos para ellos son el peor de los ejemplos.

Las Madres son la antimateria de esos egoístas poderosos. Son las peores enemigas del egoísmo poderoso. Porque no quieren nada, no necesitan de nada, no se rinden por nada, no odian por nada, no envidian nada, y entonces no hay nada que las pueda comprar, ni distraer. Ni frenar por un rato, siquiera.

Es que el amor de Las Madres es revolucionario y será siempre nuestra vanguardia revolucionaria. Es y será el primer paso que dio nuestra sociedad para poder llegar hasta acá. No son ejemplo: son las que abrieron la picada con el machete, con la constancia, con la valentía y con la esperanza que muchos habíamos perdido.

Nada de esto sale en los diarios poderosos. Porque le tienen miedo al poder del amor. El poder del amor que no es una frase en un poster estúpido. El poder del amor, el poder del amor de Las Madres, cambió la historia de este país y la historia de todas nuestras vidas.