Por María Rosa Gómez*

Durante los últimos años se ha conformado un nuevo topoi del discurso que refiere a la labor militante de los periodistas, para exaltarla o denigrarla. La articulación periodismo-política tiene antecedentes fundacionales en nuestro país, cuando la junta de 1810, a una semana de ponerse en marcha aprobó la creación de un periódico, La Gaceta y un ejército. Ambas directivas se impartieron con el mismo nivel de urgencia.

La decisión expresaba con claridad el análisis de la etapa que hacían aquellos criollos atentos al uso de la prensa por parte de la Revolución Francesa. Esa articulación dialéctica nunca se diluyó. Los años previos al golpe se tradujo en la participación de los periodistas argentinos en experiencias abiertamente comprometidas, por ejemplo en el Diario Noticias, de Montoneros, el diario El Mundo, vinculado al Partido Revolucionario de los Trabajadores y la incorporación de Jorge Ricardo Masetti a la Revolución Cubana. El rol de Masetti, como el de Rogelio García Lupo y Rodolfo Walsh, fue sustancial para la creación de la agencia cubana Prensa Latina.

Pero hay un aspecto menos conocido de la tarea militante de los periodistas: el intenso activismo sindical desplegado en grandes y pequeñas empresas. El programa propuesto por la Lista Naranja, una alianza pluralista que se perfilaba como clara triunfadora en las frustradas elecciones del gremio del año 1974, planteaba “organizar la movilización de los trabajadores de prensa para la más completa y rápida satisfacción de sus reivindicaciones”.

La boleta de La Naranja incluía a compañeros como Héctor Germán Oesterheld, Vicky Walsh, Héctor Demarchi, asesinados por la dictadura, e impulsaba la organización del gremio por rama, la unidad con los trabajadores gráficos y la creación de una Confederación de Trabajadores de los Medios de Comunicación Masiva, para “lograr autonomía y fuerza frente a las patronales”. Semejantes objetivos que superaban la mera lucha salarial, no pasaron inadvertidos para los empresarios periodísticos de Clarín, La Nación, La Nueva Provincia, Editorial Atlántida y muchos otros, que entregaron gustosos las listas de las comisiones internas al brazo ejecutor del golpe, las FF.AA.

La lista de periodistas detenidos-desaparecidos y asesinados supera los 130 a lo largo y ancho de todo el país. La aciaga cifra contiene trabajadores de diarios, radios, televisión, revistas, agencias de noticias, diagramadores, bocetistas, correctores… en fin, la amplia gama que contiene las categorías del Estatuto Profesional. “Fue la tragedia más grande del periodismo argentino”, decía Osvaldo Bayer en el prólogo de la segunda edición del libro Periodistas desaparecidos. Las voces que necesitaba silenciar la dictadura. La primera edición de aquel libro había visto la luz en 1986, publicado por la entonces Asociación de Periodistas de Buenos Aires (APBA).

En la “división del trabajo” que se dieron las FF.AA el control del gremio le correspondió a la Armada, que se instaló en el edificio histórico de la APBA de Avenida de Mayo 1209. La efectividad de la persecución feroz contra los periodistas se comprueba, por ejemplo, en las decenas de víctimas trabajadores de prensa que integran el tercer tramo de la mega causa Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) donde se investigan y juzgan los crímenes cometidos por el Terrorismo de Estado a manos del Grupo de Tareas 3.3.2.

La universidad pública al materializar la tarea de trasmisión del pasado reciente y al recordar a los periodistas desaparecidos debe contribuir a restituirles su encarnadura política, plasmada en esos proyectos que abarcaron todo el espectro del nivel de compromiso, desde la opción por la lucha armada, la participación gremial, la docencia, el trabajo en los barrios o las discusiones paritarias, acciones que los ubicaron como “hipótesis de conflicto” para los responsables del Terrorismo de Estado en su pretensión de borrar toda forma de oposición y pensamiento crítico. Osvaldo Bayer, en su tenaz tarea de aquello que Paul Ricoeur define como Memoria Ejercida, al evocar a sus compañeros de ideales y utopías los recuerda así: “Esos jóvenes periodistas convirtieron las redacciones en ágoras de sueños y aspiraciones. Pensaban que era posible terminar con el hambre de Latinoamérica, construir hospitales para changos enfermos de siglos, organizar comunitariamente la selva y la villa”.

 

*Periodista, investigadora y docente de Comunicación de las Universidades Nacionales de Buenos Aires y del Centro. Tiene a su cargo la materia Derechos humanos, Comunicación, Cultura y Medios de la Maestría en Comunicación y DD.HH de la Facultad de Periodismo de la Universidad Nacional de la Plata.