Por Lía Gómez

Hace pocos días en un encuentro de comunicación popular, uno de los expositores extranjeros sostenía que lo maravilloso de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual era que había logrado casi sin proponérselo (aunque proponiéndoselo desde el inicio) que las posiciones políticas se visibilicen, y que los medios pasen de ser esos espacios ligados a la objetividad de la noticia, para transformarse en un campo de batalla por la cultura.

La cultura entonces paso a situarse como un concepto puesto en tensión con un fuerte anclaje en la relación medios-democracia- ciudadanía; que permite reflexionar y discutir un modelo de comunicación, que al mismo tiempo propone un debate sobre un tipo de sociedad más igual y más libre.

En medio de este feriado que recupera la argentina a partir de la Ley N°26.085 que decreta en 2006 el 24 de marzo como Día de la Memoria, la Verdad y la Justicia (y es importante aquí señalar lo reciente de esta promulgación a 32 años de la democracia en el argentina), el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (INCAA) y el Ministerio de Justicia de la Nación, nueve años después (también un 20 de marzo como fecha de promulgación de la ley) firman un convenio para la producción de narrativas audiovisuales que fortalezcan la memoria sobre las violaciones de derechos humanos cometidas por la última dictadura. Y esto que sucedió hace apenas unos días, se inscribe en una serie de políticas públicas ligadas a la posibilidad de la expresión de relatos audiovisuales sobre la memoria.

La propuesta del convenio mencionado, es generar contenidos y formas nuevas de contar la memoria, para que la cultura entendida en su máxima expresión pueda ser el arma más poderosa de los pueblos ante avanzadas derechistas.

Esta etapa del país, (que me niego a cerrar como muchos medios masivos ya han vaticinado categóricamente) la creación de contenidos para el cine y la televisión se ha vuelto una cuestión de Estado, con concursos públicos, abiertos y evaluados por jurados de diferentes organizaciones.

Debemos decir, que la importancia de programas de fomento a la producción, no implica sólo la construcción de una estructura que permite desarrollar programas nuevos; sino, y esto es lo más importante, constituye un reservorio de relatos propios que hasta ahora no habían tenido voz en el sistema de medios y que ahora se constituyen en política pública.

Este entramado que admite contar historias, como aquellos films que en los 70 fueron cesanteados y condenados a la clandestinidad por sus propuestas ideológicas, hoy se discuten no por la configuración de modelos de país, sino lisa y llanamente con el argumento del dinero que se gasta en sostenerlas. La economía política de la cultura debe ser pensada como variable para medir los costos de la producción audiovisual, y no solo las herramientas económicas como instrumentos contables y manipulables.

El convenio INCAA-Ministerio de Justicia de la Nación, se complementa con un estreno reciente en la Televisión Pública titulado “Madres de Plaza de Mayo. La Historia”, serie de 8 capítulos que narra los orígenes y la lucha incansable de las madres.

La disputa por el relato audiovisual se constituye como campo de poder. Y esta batalla es el sentido último de los informes condenatorios sobre las estructuras encargadas de fomentar desde el Estado la construcción en imágenes de la triada medios-democracia-ciudadanía.

Así, con películas, series y programas televisivos, el público (aunque sean algunos pocos, como la oposición sostiene como argumento negativo, sin discriminar las variables necesarias como educación, condiciones socioculturales, acceso a la cultura paga, etcétera) recibe la reparación histórica hecha imagen, que en lo político se constituye en conmemoración y puesta en valor de la discusión todavía presente sobre la Memoria, la Verdad y la uJsticia.

Ignacio Guido Carlotto se reencontró con su abuela el año pasado, la emoción se hizo pública y colectiva; y el milagro se transformó en realidad solo posible en estos tiempos, donde el hecho se torna metáfora y el cine es superado por lo real con la propuesta aún más desafiante de seguir contando imágenes, palabras y sentidos sobre nuestros pueblos. En una entrevista por televisión, Ignacio Guido nos dice “como artista quizás descubrí mi identidad antes de saber quién era”. Por eso rememoramos este 24 de marzo siempre vivo, siempre presente y siempre gozoso de vivirlo en lo real y en lo simbólico, en los relatos posibles que surjan para contar la historia.