Por María Eugenia Ludueña

Esta semana me invitaron al VIII Congreso de Periodismo de Investigación que se realizó en la Universidad Javeriana de Bogotá, para compartir algunas ideas acerca de cómo narrar la memoria a partir del caso de Argentina. Estudiantes y colegas se asombraban al escuchar que en nuestro país Memoria es escribe con mayúscula, y que desde hace una década forma una suerte de mantra con otras dos palabras: Verdad y Justicia. Memoria, Verdad y Justicia, las postas de un camino que años atrás creíamos remoto, impensable: que quienes cometieron delitos de lesa humanidad lleguen ante los tribunales comunes y cumplan condena en cárceles comunes. Las 613 sentencias que hasta ahora condenaron a 563 personas por esos delitos construyeron un relato. El relato judicial, que reconstruye y legitima: esto es Verdad, esto es lo que pasó.

En Colombia -desde donde escribo este texto, a punto de viajar para estar en la Plaza de Mayo el 24 a la tarde- la memoria es uno de los temas del momento en este proceso de negociaciones de paz entre el Gobierno y las FARC que ellos llaman “postconflicto”. “Lo que la Argentina ha hecho maravillosamente es que la memoria forma parte de la sociedad”, me dice Omar Rincón, director del Máster de Periodismo de la Universidad de Los Andes, Bogotá. “La memoria en el fondo es un duelo de relatos. Y la gran virtud de Argentina es que la memoria se bajó a la calle, a la familia, a la escuela, al boliche. No es una cosa de expertos ni de periodistas. La memoria en Argentina es política”.

Quizás uno de los ejemplos más contundentes sea el modo en que millones de personas en todas partes del país vivieron la noticia de que Estela de Carlotto, presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, había encontrado a su nieto. Ese 5 de agosto de 2013 compartimos la certeza a lágrima viva: la restitución de Ignacio Guido Montoya Carlotto era de alguna manera una victoria colectiva. La Memoria nos atravesó el cuerpo. Y no fue un gesto emocional sino el resultado de un proceso que iniciaron familiares, sobrevivientes y organismos, y que después de muchos años, se cimentó en la política de juzgamiento a los responsables encarada a partir del gobierno en 2003. Que a partir de esa Memoria conozcamos la Verdad y se haga Justicia, no sólo marca un antes y un después en los modos de pensar el país, sino también la memoria.

Pilar Calveiro, que viene realizando aportes sustanciales para analizar estos temas, analizó la tríada Memoria-Política- Derecho y más tarde se preguntó: qué pasa con la memoria cuando el juicio se cierra. “La memoria perdura. ¿En qué sentido? No como repetición mecánica e inútil sino como narración de una experiencia colectiva, como interpretación de ese pasado compartido capaz de auxiliarnos en la comprensión del presente”. Calveiro define la memoria “como acto individual y social, móvil,  proliferante, político es una presencia que se activa en relación con el presente. Proviene de la experiencia, de lo vivido y, como toda experiencia, se hace acto, se actualiza, en el uso presente”.

Desde otro lugar, el juez Carlos Rozanski -que integró varios tribunales que juzgaron delitos de lesa humanidad, entre ellos el que juzgó los crímenes de La Cacha, donde estuvo secuestrada Laura Carlotto- apunta en la misma dirección.  “Cuando la verdad es conocida, cuando la justicia repara, el último eslabón de esto que nos va a garantizar un futuro mejor es la memoria”, dijo hace un tiempo. Y cada 24 de marzo, salir a la calle es actualizar esa convicción y celebrarla colectivamente a través de múltiples manifestaciones y performances.

¿Qué viene después de la Justicia a la hora de contar? “Más memoria, pero una memoria transformada, que expresa una suerte de renacimiento de la cultura, el arte y de la comunicación”, dice Patricia Nieto, cronista y directora del Centro de Investigación de la Facultad de Comunicaciones de la Universidad de Antioquia con sede en Medellín.  “Ya no es como estamos todavía nosotros en Colombia, en el testimonio literal, en el relato directo de las víctimas, en la documentación de lo que ha pasado. Aunque Argentina no deja de documentar casos, ya está en un momento en que ese construir la Memoria después de la Justicia, da lugar a nuevas manifestaciones y a la producción de nuevas generaciones. La memoria se convierte y expresa a través de nuevas formas, significa el renacimiento de la narración en muchas dimensiones. Y esto es posible porque ese proceso de memoria y justicia ha fortalecido a la ciudadanía”.

Este 24 de marzo saldremos a las calles a ponerle el cuerpo a la Memoria, a encontrar nuevas maneras de contarla, y a celebrar que vivimos en un país donde después de tantas décadas se está haciendo Justicia. Y se ha avanzado hasta tal punto que se ha empezado a juzgar a los cómplices de un plan que nunca hubiera sido posible sin ellos. Vamos a celebrar que tenemos Memoria, pero también que tenemos Verdad y, sobre todo, Justicia.  Porque lo que se preguntaba el historiador Yosef H. Yerushalmi, “¿Es posible que el antónimo de ‘el olvido’ no sea ‘la memoria’ sino la justicia?” ya es una certeza y un camino que no tiene vuelta atrás.