Por Lisa Solomin

“Yo me siento en el trono”, aclara Adelina en el comedor de su casa y se instala en un sillón de escritorio alto con rueditas que su hija le obligó a comprar. La mesa se une con la de la computadora que rebalsa de papeles. Un almanaque enorme que usa de agenda está lleno de anotaciones, hay muchas fotos, diplomas enmarcados, dibujos y una planta que todavía conserva el moño de regalo.

Adelina explica que por su enfermedad no puede salir tanto y que tiene que descansar, pero enseguida cuenta una actividad de la que participó en Berisso el día anterior y que además se pasó cuatro horas en la peluquería. El año pasado le diagnosticaron anemia crónica y cada tanto tienen que hacerle una transfusión. Sin embargo, está impecable: peinada y con un vestido amplio y veraniego a pesar del otoño que refrescó de golpe el aire de la ciudad de La Plata. Lleva dos colgantes en el cuello: uno de madera con la leyenda HIJOS y otro con una piedra de esas que se supone que dan energía.

Adelina Dematti de Alaye nació en Chivilcoy, con su marido y sus dos hijos vivieron en Carhué, en Azul, en Brandsen y finalmente se mudaron a La Plata. Ejerció como maestra, preceptora y directora de un jardín de infantes. En mayo de 1977 su hijo Carlos Esteban, de 21 años, desapareció.

La mamá de Carlos y María se convirtió en una madre de plaza de mayo en los inicios de la agrupación, participó activamente en la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH) y construyó un archivo personal sobre la dictadura que fue declarado por la UNESCO “Memoria del Mundo”, allí hay una exhaustiva investigación sobre el Cementerio de La Plata y los médicos de la morgue que firmaban certificados de defunción a miles de NN. Adelina lo denunció en la justicia cada vez que tuvo la oportunidad y en su libro La marca de la infamia.

Las manos de Carlos y Adelina

“Mi hijo militaba en Montoneros, trabajaba en una tornería en Berisso y estudiaba psicología. Ya había tenido problemas años antes en el (colegio) normal 3: a seis días de recibirse a él y a varios más los dejan libres. Yo me entero después que cuando cae el presidente Salvador Allende en el 73, cinco de ellos van a hablar con la directora para decirle que iban a ir a Chile a apoyarlo y a pedirle que no les pasaran las faltas. Ahí los empezaron a marcar. Después que los echaron se pasó a una nocturna y ahí se recibió. En el 74, en la primavera de Cámpora, empiezan la lucha por el boleto escolar. Había salido delegado. Cuando se lo llevaron vivía en Ensenada con su mujer que estaba embarazada”, recuerda Adelina.

-¿Pudieron reconstruir lo que le pasó?

-Después nos enteramos que una muchacha lo interpela en la calle. Le dice que lo recuerda en la lucha por el boleto, le pide ayuda porque estaba en una situación delicada y hace una cita. Me cuenta mi nuera que le dice que se va a encontrar con ella y después iba a ir a lo de un matrimonio de amigos y compañeros. Va a la cita y nunca volvió. Era un 5 de mayo de 1977.

Muchos años después, cuando se cumplió un aniversario de su desaparición, a la madrugada me puse a hacer unos afiches que decían que a mi hijo tal día le paso tal cosa, que si alguien sabe algo, que quería saber cómo fueron los últimos momentos de libertad de mi hijo y ponía mi dirección: los puse en la cuadra donde yo sabía que había desaparecido. Y también en las columnas de luz. A los dos días me tocan el portero eléctrico y un señor me dice que podía decirme algo. Era un abogado que vivía en esa cuadra de Ensenada, en el departamento de arriba de la casa de los suegros que tenían un negocio. Contó que desde temprano había tres tipos que estaban como arreglando un auto. Que habían puesto gente en las casas donde había teléfonos y él sube al baño del departamento y desde ahí ve todo: Carlos venia en la bicicleta, lo paran y hace un gesto como que no sé, no tengo, como que le hubieran pedido cigarrillos o algo, va a seguir y cae por un disparo. Lo cargan en un camión y se lo llevan. De esas casas que habían tomado el hombre ve a una muchacha que después sabemos que es la que lo citó. Después van a la casa y se llevan todo.

-¿Y qué pasó con tu nuera?

-Inés cuando ve que Carlos no llega a la noche, se va a lo del matrimonio de compañeros y ahí le dicen que nunca había ido. Entonces se da cuenta que algo le pasó. Llama a mi hermana que tenía teléfono y le dice: Carlos tuvo un accidente. Ella me viene a decir y yo le digo a mi hermana: está preso o muerto, en ese momento no sabía que existían los desaparecidos. Mi nuera se va para Buenos Aires. Estaba embarazada de tres meses. Ahí perdimos el contacto. Pero pasó algo increíble: hacía un mes que Carlos había desaparecido, yo estaba en Capital y había ido a la APDH. Después de eso iba en micro a lo de mi sobrina y a las cuadras alguien se me abalanza por detrás y me abraza. ¡Era mi nuera! ¿Podés creer que mi nuera había ido a once a comprarse una carterita porque la única que se había llevado era de verano, blanca bordada y llamaba mucho la atención? Y como tenía 4 meses y medio de embarazo en vez de caminar se tomó el micro y se sienta dos asientos más atrás mio. Y vio mi mano agarrada del respaldo del asiento y pensó: hay dos manos iguales, las de Carlos y las de Adelina. No sé qué hubiera pasado, no sé cuánto hubiera pasado sin vernos. Y así los pude sacar del país, a mi nuera y a mi hija. Primero fueron a Europa y después a México.

– ¿Cómo fue tu vida partir de ahí?

– Yo me fui a Buenos Aires desde junio hasta octubre de 1977. Había dejado el jardín: me habían ido a buscar, pero me avisaron mis compañeras y no me dejaron volver. Llegó un momento que no lo podía resistir y le mandé una carta a (el ministro del interior de la dictadura, Albano) Harguindeguy diciendo que si querían hablar conmigo yo me iba a mi casa que estaba en tal dirección y que no tenía ninguna actividad política, ni sindical, que sólo me faltaba mi hijo. Me volví a La Plata el 12 de octubre, pero nunca fueron.

Ese día que volví, una vecina que conocía porque había sido inspectora empezó a gritar ¡Volvió Adelina!¡ Volvió Adelina! Y a partir de ahí todos los jueves me hacían compartir la cena con ella y su familia. Todos los jueves yo llegaba cenada a mi casa. En ese momento eran gestos importantes. Había gente de maravilla. Ellos vieron que mi departamento estaba cerrado, meses sin abrir, pensaron que me había pasado algo. También me acuerdo de mi peluquero de siempre y su pareja que cuando volví después que pasó lo de mi hijo me traen un mensaje con un poema de Almafuerte y me dicen: vos no tenés teléfono y con lo que estás pasando lo necesitas. Así que acá tenes el teléfono, esta silla, venís, lo usas y le das el número a quien quieras. ¡Unos locos! Nadie en esa época podía hacer eso. También la gente de la escuela que en octubre me mandaron a decir que volviera a la escuela que iba a estar mejor que en el departamento. Esos apoyos fueron importantes. Yo estaba en la escuela y llamaban a preguntar por mi y el que atendía decía que no me había visto. Estas anécdotas para mí son muy valiosas, porque las madres por ahí decimos “estábamos solas” y cuando empezás a analizar decís no estaba tan sola.

En el atrio

-¿Cómo empezaron a juntarse con otras Madres de Plaza de Mayo?

-Cuando pasó lo de Carlos, primero fui a la iglesia, y lo llamé por teléfono a Balbín. En la iglesia me dijeron que no sabían nada, que iban a ver, a averiguar. Pero cuando voy al episcopado en Buenos Aires me encuentro un cura divino que me dice, ¿fuiste a la asamblea permanente? Y me da la dirección. La asamblea estaba en un edificio que era familiar y nadie sabía, hasta que empieza a ir y venir la gente, y los vecinos hicieron que se vayan. Cuando fui por primera vez me atendió una mujer en un escritorio y en el de al lado estaban atendiendo a otra señora. Cuando le cuento mi situación, me dice que tenía que llevar un escrito contando todo. La otra señora que estaba en el otro escritorio me dice que la espere abajo. Fuimos a un barcito y ahí me explicó cómo tenía que hacer el testimonio, y me dice: “La vi tan dolida pero tan firme pidiendo por su hijo que me arriesgo a hacerle una invitación”. Y me dijo que con otras señoras se habían empezado a encontrar en la Plaza de Mayo pero que el jueves anterior las había corrido la policía, así que se estaban juntando en la iglesia de Santa Cruz, a una cuadra del Cabildo. Pero no te creas que adentro de la iglesia: se juntaban en el atrio. La señora que me invitó era Juana Pargament, que el año pasado cumplió 100 años.

Adelina relata con entusiasmo aquellos inicios. “Yo no veía la hora porque sea jueves a las tres y media. Cuando llegué a la iglesia Santa Cruz vi a una señora tomando los datos con unos papelitos. Era Azucena Villaflor. Cuando le digo que soy de La Plata me dice: ¡Ay! El jueves pasado vino otra señora de La Plata. Y empieza a buscarla. En la entrada de escalones estaba parada Hebe de Bonafini. En total, exagerando, éramos 20. Lo de Azucena fue increíble, el proponer hacerlo entre todas y también hubo una respuesta de las que creímos que había que hacerlo así, sino individualmente no sé qué hubiera pasado. Por eso se la llevaron. La mayoría de las madres no teníamos ninguna experiencia de participación en nada. Tuvimos que aprender todo de golpe”.

-¿A partir de ahí empezaste a ir todos los jueves?

-Sí, siempre. Al otro jueves me baje en Once y me tomé un taxi para la iglesia. Era un día de llovizna y frío de principios de junio. Me bajé del taxi y vi a una señora como que hablaba sola y dice: “Si vienen a la reunión de la iglesia tienen que ir a Plaza Retiro”. Enfrente de la iglesia era acción social y había unos monumentos en la vereda. Me doy vuelta y había un milico apostado en cada monumento apuntando a la iglesia que había cerrado las rejas. A Plaza Retiro llegamos 9 o 10 y decidimos volver a Plaza de Mayo el jueves siguiente. Y fuimos todos los jueves. Nos corrían y volvíamos.

Una tarde en la plaza, dos compañeras de La Plata se le acercaron y le dijeron que vaya a la catedral, que había gente que la esperaba. Adelina no entendía nada y se puso muy nerviosa. Sus compañeras le dijeron que no haga ningún gesto. Cruzó rápido y dentro de la catedral conoció a Florencia, la hija de Carlos que ya tenía dos meses.

Las madres de La Plata

Hay dos momentos en la ciudad de La Plata que Adelina recuerda con más fuerza, por la importancia que tuvieron para dar a conocer la lucha de las Madres y por la nostalgia por las madres que ya no están. El primero fue en noviembre de 1977, cuando monseñor Plaza organizó una vigilia para la juventud, a la que llamó “la noche heroica”. Los chicos, muchos seminaristas, se reunieron en la Plaza Moreno, frente a la Catedral, para cantar, tocar la guitarra y rezar hasta la madrugada, cuando se realizaría la misa del alba. Las Madres de Plaza de Mayo fueron esa noche a la puerta de la catedral platense y hablaron con los jóvenes. “A chicos como ustedes se los llevaron y no sabemos dónde están”, les decían. Muchos se fueron, otros guardaron las guitarras. La “noche heroica” de Plaza fue de las Madres. “Ahí empezamos a ver que nos rodeaban milicos de civil, entonces nos metimos en la iglesia. Pasamos ahí toda la noche”, recuerda.

El otro momento fue en el centenario de la ciudad La Plata. “A la mañana venía Bignone. En la plaza Moreno habían puesto palcos y nosotras actuábamos como señoras gordas que íbamos a saludar al presidente. Nos hacíamos las mosquitas muertas. Teníamos escondida una pancarta grande que decía ‘con vida los queremos’. Le compramos todos los globos al vendedor de la plaza y un muchacho que estaba con la mamá los ató a la pancarta. Nosotras no teníamos pañuelos ni nada. Empieza el tipo a subir la escalera y soltamos la pancarta y nos pusimos los pañuelos. ¡Imaginate!”.

Ese día fue la primera vez que sintió el reconocimiento de la gente. “A la tarde las colectividades iban de Plaza Italia a Plaza Moreno para izar las banderas. Nosotras empezamos a caminar entre ellos y cuando llegamos a 48 y 12 había un montón de gente y cuando nos vieron empezaron a aplaudir. Era la primera vez que nos aplaudían en esta ciudad”.

“La memoria para mi hijo”

En todos estos años de búsqueda, Adelina de Alaye fue construyendo un archivo inmenso y tan valioso que fue declarado en 2007 “Memoria del Mundo” por la UNESCO. “Cada papel, cada documento, cada trámite que tenía que hacer guardaba una copia. Porque yo decía: “Cuando él venga, que vea qué pasó mientras no estaba, que no lo olvidamos”. Yo empecé a juntar la memoria para mi hijo. Y un buen día me di cuenta que no, que no era así”, explica y los ojos se le abarrotan de lágrimas como si la herida se abriera una vez más.

En el garaje de su casa juntó cajas y cajas con miles de documentos y fotografías, cartas, expedientes judiciales y recortes periodísticos que fue clasificando y luego lo donó al Archivo Histórico de la provincia de Buenos Aires Ricardo Levene, en La Plata.

Toda esa documentación incluye una investigación de 1.635 fojas en la que detallan los ingresos de cadáveres en el cementerio de La Plata, y de los médicos que firmaron actas de defunción de desaparecidos como N.N. Las pistas que fue siguiendo por su cuenta la llevaron a esa información que devino en la denuncia por la complicidad de los médicos de la morgue policial. Carlos fue visto malherido por otros detenidos en el centro de detención conocido como “La Cacha” y Adelina comenzó a buscar en los libros del cementerio si había alguna anotación que la acerque a conocer su destino. Todavía no sabe qué pasó con él, pero después de declarar en el juicio por los crímenes cometidos en ese centro, alguno de sus objetivos comenzaron a cumplirse.

El hasta entonces vicedecano de la Facultad de Medicina de la UNLP, Enrique Pérez Albizú, renunció a su cargo y después fue exonerado por las autoridades de la universidad, porque Adelina demostró que –entre el 25 de febrero y el 25 de mayo de 1977– firmó nueve registros de exámenes de cadáveres NN de personas asesinadas por la represión dictatorial.

La investigación permite identificar el circuito morgue-policial-cementerio de La Plata como uno de los mecanismos ocultos del terrorismo de Estado. Adelina asegura que la firma de los médicos resultó un “eslabón imprescindible para que los genocidas siguieran matando gente”.

Toda la investigación fue publicada en el libro La marca de la infamia que ya lleva dos ediciones y que hace muy poco le llegó a la presidenta de la Nación. “Fui a hacer un trámite al Ministerio de Justicia y Derechos Humanos y el jefe de prensa del Ministro me preguntó si le había dado el libro a Cristina, porque ella le había dicho a no sé quién: ¿cómo que yo no tengo ese libro?”, cuenta orgullosa. “Así que le di uno para que se lo alcance y justo ese dia Alak se reunía con ella. Eso fue un jueves, y el domingo yo estaba almorzando y me llaman por teléfono: era de la Presidencia de la Nación. Me quedé estúpida. Cristina me dijo que acababa de leer el libro. Sin palabras. Es única”.

-¿Cómo viviste esta etapa del país con Néstor primero y después con Cristina?

-La viví muy de cerca, yo me enamoré de Néstor. Tuve contacto muy pronto con él y me enamoré. Cristina es maravillosa, la voy a defender a muerte. Pero Néstor, no sé, era otra cosa. Mi hija me dice: ¡Mama vos siempre fuiste una machista! Pero no sé, lo veía como de la generación de mi hijo. Tenía una cosa cálida, afectuosa.

Nosotras pretendemos que todos los candidatos digan qué van a hacer con los derechos humanos. Que no se crean que van a poder borrar todo lo que ellos hicieron. Yo creo que la gente no es tonta. Pero bueno, también es cierto que no tenemos ejercicio de la democracia, hay todavía mucho autoritarismo. A la edad que tenemos las madres imaginate que sólo los últimos 30 años no tuvimos golpes de Estado, los 50 anteriores fueron uno tras otros. Por eso pienso que este 24 va a ser muy especial, porque es el momento de defender lo que se hizo y de decir lo que pensamos, lo que creemos, es el momento.