Por Kevin Morawicki

Cuando Estela de Carlotto conoció a su nieto habían pasado 37 años desde el comienzo de su búsqueda. El tiempo transcurrido era mayor al que llevaban en vida muchas de las personas que seguían ese histórico encuentro familiar a través de la televisión. También era un tiempo mayor que al que llevaba la democracia argentina sin que fuera interrumpida por fuerzas militares, en este caso desde su recuperación en 1983.

Fue una larga búsqueda (el tiempo se alarga cuando algo nos duele mucho, y el dolor de las pérdidas sí que duele), tanto que pareció interminable. Era además la lucha incomprendida de una búsqueda; al principio por parte de la sociedad, más tarde por una parte de ella, y sólo recientemente comprendida por la gran mayoría.

Curiosamente para las gramáticas de acción argentinas, también era una lucha pacífica, una experiencia ciertamente distinta en una sociedad cuyos habitantes (algunos, por cierto no todos) amenazan de muerte por la ventanilla de sus coches cuando se sienten afectados con una mala maniobra de tránsito.

Sucedió en el año 2014. Aunque Estela de Carlotto hizo muchas cosas en su vida pública al frente de la Asociación Abuelas de Plaza de Mayo, basta mencionar aquel acontecimiento para representar su largo caminar colectivo, y sobre todo para marcar la gran enseñanza que su posicionamiento ante él posibilitaba al pueblo argentino: el hecho de que contuviera su emoción y su llanto (tanto como pudo) para que la impronta personal de aquel encuentro no arrebatara a la recuperación del nieto número 114 su dimensión histórica y su carácter público.

Por muchas razones, esa escena marcó un hito en Argentina. Como pocas veces en la historia, la sociedad presenciaba una situación de alto contenido político al tiempo que daba cuenta de la más grande entrega de amor que nuestra cultura puede valorar: una abuela que llevaba tanto tiempo buscando al bebé que le habían robado a su hija que envejeció en esa búsqueda, hasta el punto que sintió el frío temor de que ya no llegaría a encontrarlo antes de morirse.

Como si fuera la verdadera trama de una ficción, una abuela que le habló a mil rostros mudos de respuestas, una abuela que dio varias vueltas al mundo buscando justicia internacional, una abuela que hizo con el dolor más fuerte que una madre puede sentir la catapulta hacia una transformación personal y hacia una forma inédita de practicar la acción pública en la densidad de la historia latinoamericana: las acciones y el posicionamiento que constituyeron una pedagogía del amor político.

¿Por qué una pedagogía? Porque su lucha no fue sólo una lucha de amor personal y familiar: Estela de Carlotto hizo de esa búsqueda un proyecto institucional de acción por la verdad histórica y por la justicia hasta el punto de volverla una causa nacional. Pero también porque la acción pública de las Abuelas de Plaza de Mayo recuperó, amplió, profundizó y articuló prácticas, espacios sociales, referencias educativas y horizontes políticos.

Su presencia en la historia trazó modos de hacer y de sentir al otro que posibilitaron un camino hecho al andar (porque a menudo fue realizado en la inmanencia del día a día) cuyo conocimiento fue por ellas capitalizado como modo de seguir avanzando, y de avanzar mejor y más profundamente: lo que se dice una metodología, un “método” o un camino (en su acepción griega). Y ese camino abrió rumbos en la historia argentina, entremezcló elementos hasta ese momento poco vinculados entre sí: acción, política, Estado, paz, amor y la capacidad de contener los más viscerales sentimientos humanos para transformarlos en algo distinto que la inversión del deseo por el odio (la pena de muerte, el que mata tiene que morir, en fin…) e inscribirlos en un reclamo institucional por la verdad y la justicia.

Por eso, las Abuelas de Plaza de Mayo (también las Madres y los Hijos) son actores pedagógicos cuyas experiencias en la historia presente marcan instancias sociales educativas. Solamente aprendemos algo cuando accedemos a modos distintos de los que ya conocíamos o vivenciábamos de sentir, pensar y accionar, todo lo cual nos llega a través de experiencias concretas que presenciamos o a las que accedemos a través testimonios (mediáticos, escritos, audiovisuales, etc.). Sea de cuerpo presente en la plaza pública, sea a través de la representación mediática o artística de ese estar de pie en el espacio público en tiempos de terrorismo de Estado o de restablecimiento democrático.

Sabemos que lo educativo no se agota en una única definición. Su definición nunca es definitiva, paradójicamente. Pero hay algo que parece su base necesaria: pensar lo educativo en relación al proceso de identificarnos y reconocernos en visiones de mundo, en ideas, en modos de hacer, posiciones y comportamientos que nos interpelan, que nos tocan las fibras íntimas de la sensibilidad o los mecanismos  lógicos de la racionalidad. Las interpelaciones en el sentido de que son como invitaciones a ser, a comportarse, a sentir de determinadas maneras, y el reconocimiento subjetivo con esas invitaciones o con algunos de sus aspectos.

Porque nadie se educa de la nada y ni nadie se educa solo: se educa a partir de ideas, de experiencias, en el encuentro con otras personas (que no siempre es armónico), y esas interpelaciones nos llegan a través de discursos. (No podemos hacernos hinchas de un equipo de fútbol y constituirnos como tales sin las ideas y las sensaciones que ese equipo encarna, ante las cuales nos identificamos; no podemos aprender un hecho histórico sin la narración de ese hecho).

El ejemplo: la ocupación del espacio público y del terror

Después que se produjera la interrupción militar al orden democrático en 1976, los rumores eran muchos y eran difíciles de creer: había secuestros, operativos, encarcelaciones clandestinas, indagatoria con torturas (golpes, electricidad, picanas en los genitales, vuelos de la muerte, fosas comunes, etc.), en fin, el rumor devenido en certeza de que la gente estaba desapareciendo. Además de la crueldad instaurada por ese Terrorismo de Estado, esas actividades se efectuaban en el marco de una completa ilegalidad que, por fuera del Estado de Derecho, arrasó con los más elementales derechos humanos.

La información sobre esta escalada de terror fue propagándose paulatinamente en la sociedad argentina. Y generó un efecto preciso: la intimidación, el miedo, también el consentimiento de vastos actores sociales. La represión de toda diferencia y hacia todo desacato al orden militar fue castigado y reprimido, su paroxismo fue la censura (y la autocensura) de la acción y de la palabra pública. Entre el miedo y el consentimiento, la política se vio restringida a la acción militar en las distintas esferas del Estado, y a la militancia clandestina, cuyos protagonistas fueron sistemáticamente reprimidos y asesinados.

En este marco -y no en otro- es que un grupo de mujeres, las Abuelas y Madres de Plaza de Mayo, ocuparon el espacio público exigiendo la reaparición de sus hijos, buscando el diálogo con las autoridades de facto y encontrando críticas, desconfianza y represión. Pero instalando un hecho educativo al hacerlo: el de comunicar al país que sí se podía, que la dictadura podía no ser imbatible, que había una posibilidad. Y mostrando con sus cuerpos y con sus voces que a los hombres y mujeres se los puede degollar, pero que no se puede degollar al amor. Discurso y prácticas: ellas estaban ahí, de cuerpo entero, para demostrarlo.

Decimos: es una pedagogía del amor político. Repetimos: uno no puede educarse de la nada, por pura intención propia, sino que solamente puede hacerlo a través de las ideas y las acciones que encarnan y comunican posiciones, formas de pensar y de sentir, formas de hacer.

¿Qué cosas, quiénes, cuáles espacios, cuáles modos de hacer mostraban a la sociedad lo que podía hacerse o pensarse por fuera del autoritarismo institucional y el fascismo cultural? ¿Dónde estaban las posiciones democráticas que niños, jóvenes y vecinos podrían vivenciar como modos posibles de ser y estar en sociedad? ¿Cuáles prácticas democráticas constituían ciudadanos democráticos y con las cuáles pudieran referenciarse e incluso identificarse? De lo contrario: ¿cómo ser democráticos sin vivenciar lo democrático, sin estar en contacto con prácticas, espacios y personas democráticas, sin conocer la idea y la práctica democrática?…

Toda presencia social en el ámbito público es política, y casi siempre es educativa. Porque lo público articula y motoriza aquello que es común a todos, y es el lugar de posibilidad de la expresión de la voz y de la praxis. Por lo tanto, ¿cómo actuar en el espacio público si hay terror? O si está mal visto por los demás. O si es razón de represalia simbólica y física. Respuesta: es casi imposible. A menos que alguien lo haga primero.