Por Johan López

Habrán pasado unos 27 años; tendría 12 si mal no recuerdo. Por ese entonces era un asiduo lector del diario El Nacional. Fue allí donde por vez primera me topé con la palabra deletéreo. La leí en un artículo de Mario Vargas Llosa. Indagué en el viejo diccionario Casares; no me falló, cito: “Mortífero, venenoso”. Para efectos de este artículo, me quedo con la segunda acepción: no necesariamente lo venenoso implica la muerte. Esto lo traigo a cuento porque es precisamente la palabra deletéreo con la que suelo asociar al escritor peruano/español. Su pluma literaria, de las mejores que ha parido este continente, no está en discusión. Es un autor poderoso, de una prosa sencilla y envolvente. Vargas Llosa no apela a la ficción fácil; en su escritura danzan conflictivamente, como amantes masoquistas, los traumas y las felicidades de nuestro continente. Su literatura despide ese “no sé qué” tan propio de lo latinoamericano, ajeno a los intríngulis laberínticos, a los complicados vericuetos ficcionales; su prosar es directivo: ora mordaz, ora crítico.

Ahora bien, lícito es decirlo, lamento, una vez más, tener que toparme con un texto suyo tan infeliz y lleno de mentiras, de ardides discursivos para hacer creer “cierta realidad”. Hablo del texto aparecido en el diario La Nación el lunes 9 de marzo de 2015 y que se intitula: Venezuela, en soledad. La doble moral democrática de América Latina. Desde luego que cuando escribimos lo hacemos desde nuestro piso de certidumbres, desde nuestras motivaciones y pasiones. Escribir sobre asuntos políticos sin tomar partido ideológico es imposible. No miramos el mundo de forma llana, estamos programados para mirar y, de alguna forma, para sentir. Nuestra forma de enunciar el mundo, de atraparle en frases, de hacerlo discurso, siempre estará teñida de nuestras visiones, de la forma cómo miramos y sentimos, desde cierta perspectiva interior que nos hace ver lo que sucede fuera de nosotros de una manera y no de otra. En ese sentido, pretender jugar a la neutralidad en asuntos políticos no sólo es una gran impostura, es una forma de intentar “escurrir el bulto” ante la historia que acecha.

El escritor español se preocupa en demasía, según creo, por el destino político de Cuba, Argentina, Venezuela, Bolivia, Uruguay, Ecuador, Nicaragua, entre otros gobiernos de signo progresista. Poco parece importarle a este “heraldo negro” del desastre las atrocidades y excesos cometidos por, pongamos por caso, Peña Nieto en México. Su direccionada pluma apunta, más de las veces, hacia aquellos regímenes de corte popular y democrático que no están alineados a la órbita política y económica de Washington. Pocas veces se le ve tratando temas como la cárcel de Guantánamo o los 43 estudiantes asesinados vilmente en México porque osaron contravenir los designios del status quo. No, lo suyo es Venezuela y Maduro; Cristina Fernández, Rafael Correa, Fidel y Raúl, Ortega, Evo.

Su pluma, prolífica e ingeniosa para la literatura; conservadora y lambiscona en el tratamiento de la política y lo político, es funcional al orden hegemónico imperante. Bien mirado, eso no está mal. La gente que se ubique donde le dé la gana. Pero lo que no se perdona, lo que sí no le es permitido a un escritor es su falta de consistencia moral, sus deformaciones intencionales de la verdad. Ello es inadmisible por donde se lo mire. Hay que ser justos con lo que uno cree, y cada quien cree en lo desea creer; empero, mentir y manipular con medias verdades o medias mentiras, no es propio de alguien que se erige como una figura moral, como un adalid de las buenas formas del decir; máxime si un autor goza del reconocimiento y la fama mundial. Esto es un mal ejemplo para las generaciones por venir.

Entre tanto, es irritante, por decir lo menos, el uso de ese manido recurso retórico que apela a la palabra Régimen para referirse al Gobierno legítimo, democrático y popular del presidente Maduro; como si de suyo la palabra estuviese revestida de un cierto halo de maldad; expresión homologable, según la lógica de estos estafetas del desastre, con la palabra dictadura. ¡Patrañas! Artilugio barato de una rabiosa derecha que no acepta la pérdida de sus espacios políticos y sociales.

Para no hablar en el “aire”, dejemos que el escritor de Pantaleón y las visitadoras no ilustre, según su versión, acerca de lo que pasa en Venezuela:”Por eso ha desatado el terror de manera desembozada y cínica, alegando la excusa consabida: una conspiración internacional dirigida por Estados Unidos de la que los opositores democráticos al chavismo serían cómplices. ¿Conseguirá acallar las protestas mediante los crímenes, torturas y redadas masivas? Hace un año lo consiguió, cuando, encabezados por los estudiantes universitarios, millares de venezolanos se lanzaron a las calles en toda Venezuela pidiendo libertad (yo estuve allí y vi con mis propios ojos la formidable movilización libertaria de los jóvenes de toda condición social contra el régimen dictatorial)”.

Sí, Vargas Llosa estuvo por esos días en Venezuela, en efecto. Fue invitado por la oposición venezolana. Lo que no dice el escritor en su artículo es que esas protestas violentas opositoras (guarimbas) se realizaron en urbanismos tradicionalmente opositores tanto en Caracas (Chacao, Altamira, El Rosal, Las Mercedes, entre otros) como en el interior del país; urbanismos que por cierto distan mucho de ser populares. Molestan las generalizaciones al modo de “el pueblo venezolano”, “millares de jóvenes”, entre otros. Es un viejo truco retórico que intenta meter en un solo acto enunciativo a todos y todas, sin advertir ningún tipo de diferenciaciones, obviando las diferencias sociales y de clases. El meta mensaje es claro: La dictadura madurista es represora, asesina, come niños…

No sólo deploro la actitud servil y acomodaticia del escritor de La casa verde; sino que rechazo sus posiciones hacia mi país; mismas que ponen en entredicho la matriz de los procesos democráticos que tanto dice defender. Esos gobiernos de corte progresista están allí no por obra y gracia del “Espíritu Santo”, sino por la voluntad indoblegable de un pueblo que decidió por otros derroteros patrios. Por más que me esfuerce, no entiendo esta dialéctica “rara” de la democracia al modo Vargas Llosa: la democracia es buena cuando opera según los designios de los poderosos. La democracia es mala y está en tela de juicio cuando es funcional a los intereses de los más humildes y carenciados. En su visión preceptiva de la democracia, el laureado escritor es parcial; su afán de “justicia” es convenientemente ajustable a ciertos intereses y a ciertas visiones ideológicas. Causa pena ver a estos personajes “argumentar” desde la tinta que despide vísceras e imprecaciones; en ellos sobran los discursos, faltan los contenidos.

¿Cuál es la responsabilidad del intelectual en los momentos más apremiantes de la sociedad? Tal vez no tenga las respuestas a interrogante tan decisiva, pero me inclino a creer, firmemente, que actitudes como la de Vargas Llosa se distancian de una crítica seria tendiente a estar de la mano con lo justo y lo bueno. Con ello no quiero decir que lo justo y lo bueno sean dos valores exclusivos del gobierno venezolano, no. Los gobiernos, en su dinámica, transitan por etapas positivas y negativas. Ahora bien, el telos que anima al Gobierno Revolucionario, más allá de sus previsibles contradicciones y desafíos, es diametralmente opuesto a cualquier otro gobierno venezolano anterior a la Revolución. Tampoco quiero decir que algunas acciones presidenciales no sean susceptibles de críticas y hasta de rechazos; desde luego que no. Pero de allí a mentir burdamente, a manipular a partir del prestigio que se ha granjeado como escritor de indiscutible valía internacional, hay un trecho muy largo. ¿Dónde queda esa responsabilidad tácita del intelectual con la sociedad?

El silencio también hace “ruidos”. Vargas Llosa hace algunos silencios por un México plagado de injusticias sociales y secuestrado por la (cada vez más evidente) connivencia entre políticos de alto rango y el narcotráfico; pero no, a Vargas Llosa le preocupa Maduro y el gobierno venezolano. No observo, por ejemplo, esa misma virulencia discursiva y deslenguada con la que alude a Cristina Fernández o a Maduro; hacia Peña Nieto, Santos o Bachelet.

Hace 7 años escribía en un medio digital lo siguiente, cito: “No sé, pero tengo la impresión de que el célebre autor es una suerte de meretriz intelectual que vende su pluma al mejor de los postores. Al afirmar tales cosas, deja en evidencia sus motivaciones; nos hace preguntarnos, con suspicacia de por medio: ¿A quién responde el señor Vargas Llosa? ¿Para quién escribe y de lado de quién está? Está claro que los poderes trasnacionales y la mano invisible del mercado todo lo pueden. ¿Estas genuflexiones intencionales de Vargas Llosa tal vez, sólo tal vez, lo conducirán a un Nobel? Me gustaría que esa crítica mordaz, punzo penetrante y radical la hiciese con la misma vehemencia en contra del genocidio que actualmente comete Israel (con la anuencia del Gobierno de los Estados Unidos de Norteamérica) en la Franja de Gaza o en contra de Bush y sus lacayos ingleses. Me gustaría que esa potencia escritural, que ese verbo encendido se enfile sin compasión ni miramientos a los poderes trasnacionales, a las mafias financieras que manejan el mercado a su antojo.”

Ensalza a más no poder la figura de Rómulo Betancourt. Maneja, de manera muy simplista y reducida, la figura de este político venezolano que abrió las compuertas del país a las trasnacionales para que le “chuparan la sangre” a Venezuela y los ingentes recursos minerales e hídricos que posee. Pregúntele a “su” historiador venezolano (Dr. Carrera Damas) por el Pacto de Nueva York de diciembre de 1957. Allá, en la ciudad de los rascacielos, conjuntamente con las otras dos R de la política nacional: Raúl Leoni y Rafael Caldera. ¿Con quiénes se reunieron para “planificar el futuro” del país? Nada más y nada menos que con las grandes trasnacionales petroleras. Fue Betancourt quien dejó en manos de las trasnacionales el destino de nuestro país. Nuevamente, seamos serios. Valga recordar, además, que fue Betancourt y no Pinochet quien puso de “moda” la nada sutil doctrina de las desapariciones.

Tampoco creo que esa añoranza a la denominada “Doctrina Betancourt” sea posible en el marco de los procesos democráticos latinoamericanos. ¿Habla usted, señor mío, para atrás y para adelante? Lo cito, una vez más, en un texto suyo denominado El poder y el delirio aparecido hace algunos años en El Nacional: “Si la llamada “doctrina Betancourt” que quería comprometer a todos los gobiernos democráticos del continente a romper relaciones y a acosar diplomáticamente a todo régimen de facto hubiera prosperado, otra sería la suerte política de América Latina en la actualidad. Por eso fue atacado con ferocidad sin igual por los dos extremos y se salvó de milagro de los varios atentados contra su vida.” ¿Propone usted una suerte de bloqueo entre países hermanos o ese era el fin de la “Doctrina Betancourt”? Demócratas como Vargas Llosa son contradictorios. Maduro, Dilma, Mujica, Cristina, Correa, Lugo, entre otros, llegaron gracias al poder del voto democrático y plural; entonces porqué, señor mío, rememorar con anhelo la “Doctrina Betancourt”. Es Usted un demócrata que se niega a sí mismo al pretender seguir desaguisados políticos tan fascistoides, donde de plano se estaría negando la voluntad suprema del pueblo, y en estos casos particulares, el pueblo miró hacia la izquierda con sus matizaciones. No puede haber bloqueo diplomático ni nada que se le parezca. Simple.

Jean Paul Sartre sabía que los intelectuales ocupaban un lugar preeminente dentro de la sociedad. El intelectual opera como consciencia de su tiempo histórico; no puede ser de otra forma. El intelectual es hijo de su época; de allí que no se abstrae de sus propias condiciones de materialidad histórico-política. En este punto lo que se cuestiona es el aparente juego de la neutralidad política, las miradas parciales de la realidad, las genuflexiones tan convenientes a los poderes fácticos, los “descuidos” intencionados, los “olvidos” estratégicos de ciertos temas que puedan comprometer su valía intelectual, su gloria y su prestigio.

Cuando el intelectual es parcial es sus exégesis, cuando sólo ve una cara de la moneda (aquella que le es incómoda al poder financiero-mediático, por ejemplo) pierde de intelectual y gana de meretriz. El poder necesita ser contado y explicado, para eso están los intelectuales como Vargas Llosa o Plinio Apuleyo Mendoza. De pronto si alguien, con vedada intención, alude al pasado izquierdoso de estos intelectuales, éstos harán una mueca disimulada y de seguro aducirán: “Es que en esos tiempos era joven e idealista; era algo así como un perfecto idiota latinoamericano”.

Claro, en ese momento titila un pensamiento, Vargas Llosa casi que lamenta el Premio Casa de Las Américas (Cuba) -total, es un premio menor si se lo compara con el Nobel de Literatura-, pensará. Pero eso lo reconecta en alguna medida con su pasado izquierdoso. El escritor español habla y escribe como si no tuviese pasado. Ese pasado es incómodo pues tiene poco que ver con sus actuales formas áulicas, con su fama y su prestigio. Ahora denuesta de aquello, de las banderas antiimperialistas, de su pluma flamígera en contra de las injusticias de todo orden; ahora, nobelizado, esos temas no tienen mayor relevancia; lo suyo es la justicia parcial, el amor parcial, la paz parcial, la bondad parcial… En fin, el caradurismo y la estupidez no están en crisis.

Caracas-Venezuela, 19 de marzo 2015