Por Martín Gras

1. Ganado humano

El miércoles 25 de febrero el opinólogo Marcos Aguinis publicó en el diario La Nación un artículo que lleva su firma titulado “Una Oportunidad para Frenar al Populismo”. Poco habría que decir de él, pues no se trata más que de un modesto intento de dotar de alguna épica a la marcha de los paraguas del 18F, a la que valora con una metáfora farmacológica “la sociedad está despertando, crecen las endorfinas del coraje cívico” (interpreto que el lenguaje del médico devenido en analista no pretendió referirse literalmente a los péptidos opioides endógenos, sino más bien a algún tipo de reacción de energía cívica por parte de la llamada oposición). Pero entusiasmado en comparar “su” movilización con el acto que el gobierno convocaba para el 1° de marzo utilizó la desafortunada frase “tampoco choripanes, ni vehículos que acarrean el ganado humano que dicen defender”. Ganado humano. Creo no equivocarme si afirmo que, en este punto, el odio superó a la mediocridad.

Los argentinos en general, y los anti-peronistas en particular, tienen muy alto los requisitos para ejercer la práctica del insulto. Es que Jorge Luis Borges que ejerció, con notable éxito, ambos oficios, escribió en su Historia de la Eternidad un capítulo titulado “El arte de injuriar”. Allí propuso los lineamientos generales sobre las formas literarias de un insulto, y cita entre sus cultores a gentes tales como Swift, Quevedo, Voltaire, Johnson y, muy cercano en la historia y en estilo, a Paul Groussac.

Hay razones suficientes que explican porque saber insultar no es una tarea fácil. Arthur Schopenhauer, el filósofo que hizo del pesimismo una metafísica, y que escribió esa breve joya llamada El arte del insulto, gustaba de adjudicar a Talleyrand una frase cínica y lapidaria: el hombre ha recibido la palabra para ocultar su pensamiento. Es que, paradójicamente el insulto, la mentira y el poder están entrelazados.

2. El insulto como forma de exclusión

Si analizamos la estructura de un insulto vemos que más allá de sus contextos y matices existe una matriz que se reitera: se trata de una agresión realizada desde un pretendido estándar de normalidad, de una moral pública fundada en un “se dice”, contra un agredido al que se considera, de alguna manera, un externo a ese estándar y a esa moral (no en vano el grueso de los insultos tienen que ver con la adjudicación descalificatoria respecto de opciones sexuales, pertenencias sociales, identidades étnicas, diferencias de capacidades, o relaciones filiales).

Para que esta asignación de sentidos funcione, existe un pequeño truco tácito: modificar o falsear la realidad. Es que quien insulta debe hacerlo desde una posición de “normalidad construida”. Él debe pertenecer a una identidad colectiva “normal y neutral”, que no se discute. Es desde allí que el insulto tiene efecto. El agresor niega al agredido la pertenencia a esa “normalidad” o lo expulsa.

Por lo tanto, para que el insulto tenga efecto debe realizarse desde alguna real o pretendida situación de poder. Para el dominante es un típico ejercicio de autoridad, para el subordinado, es un excepcional ejercicio de rebeldía.

3. El insulto como ejercicio de poder

La brutalidad de la frase de Aguinis supera los parámetros de denigración que hemos definido. El insulto “clásico” imagina al menos un común (aunque asimétrico) reconocimiento de humanidad, el intelectual mitrista ha ido un paso más allá: ha puesto en duda la pertenencia identitaria de los adherentes al peronismo. Son humanos, sí, pero ganado humano. ¿Quizás fantasea con un minotauro?

Quien explica claramente esta situación sin dar lugar a ironías es Franz Fanon: “El lenguaje del colono, cuando habla del colonizado, es un lenguaje zoológico” […] “asimilando al reprimido a la animalidad o excluyéndolo del derecho de gentes, del derecho a la ley, a la justicia” […] “¿Cómo entonces, no va a tener el derecho de ejercer violencia sobre él?”.

Realmente, la monotonía en la reiteración del agravio (la negación de igualdad y reconocimiento a lo que se percibe como diferente y desconocido), más allá de aburrir, no puede menos que causar asombro por su coherencia y su insistencia. Es que Aguinis, ni siquiera alcanza a ser creativo. Su “ganado humano” tiene raíces directas en otra frase que, aplicada al primer peronismo, hiciera una larga carrera en la historia de la infamia: el aluvión zoológico.

4. En el principio era el aluvión zoológico

El 26 de julio de 1947 el diputado radical Ernesto Sammartino que venía actuando como lengua de choque, en el Congreso de la Nación dijo: “El aluvión zoológico del 24 de febrero parece haber arrojado a algún diputado a su banca, para que desde ella maúlle a los astros por una dieta de 2.500 pesos. Que siga maullando, que a mí no me molesta”. El resultado fue, al día siguiente, un duelo con Eduardo Colom (en el cual los padrinos del diputado peronista fueron nada menos que Antonio Benítez y Héctor Cámpora y su médico Jorge Taiana). Los disparos fallaron y los duelistas no se reconciliaron.

Posteriormente Sammartino trató de precisar el alcance de sus palabras, señalando que no se refería a todos los simpatizantes peronistas, sino a “los núcleos de activistas, organizados o inorgánicos, que no representaban al auténtico pueblo de la Nación, y que en la búsqueda de la justicia social no titubearon en denigrar la libertad”.

Esta frase aclaratoria tuvo la rara virtud de sintetizar lo que sería/son los argumentos centrales de la lógica anti-popular: la falsa contradicción entre justicia social y libertad, y la no legitimidad del accionar militante. Cualquier similitud con análisis de rigurosa actualidad no es una mera casualidad.

Ernesto Sammartino terminó siendo procesado y perdió sus fueros como diputado. En 1948, con documentación falsa emigró a Uruguay donde tendría el dudoso honor de ser el primer exiliado de un gobierno democrático. Conspirador tenaz retornaría a Argentina después de la revolución del 55. De coherencia ejemplar se alinearía con el sector unionista del radicalismo, llegando a ser pre-candidato a vice-presidente de la Nación en la fórmula de Miguel Ángel Zavala Ortiz (el “veterano” civil de los bombardeos a Plaza de Mayo). Fue periodista, escritor, embajador y nuevamente diputado. Murió el 7 de enero de 1979.

5. Injuriar sin arte

Quizás una última reflexión. A caballo con el fin del siglo la revista Cuadernos de Recienvenido realizó una entrevista al enorme Ricardo Piglia. En un momento se incursionó en el eje referencial que liga El Matadero de Esteban Echeverría con La Fiesta del Monstruo de Jorge Luis Borges, y se especuló en la filiación de una posible línea de género en la literatura argentina donde: “La parodia funciona como diatriba política, como lectura de clase, se podría decir. La forma está ideologizada al extremo” […] “Lo que siempre aparece es la paranoia o la parodia. La paranoia frente a la presencia amenazante del otro que viene a destruir el orden […] Porque es un relato totalmente persecutorio sobre el aluvión zoológico y el avance de los grasas …”.

De ser así, y siendo generosos, la injuria sin arte de Marcos Aguinis merecería ser considerada como un miembro menor de esa antología.