Por María Rachid, Claudia Castrosin Verdú, Flavia Massenzio, Lourdes Rivadeneyra, Marisa Maffini y Lisa Solomin

“La gorda es interminable”, dicen sus amigas. Ninguna puede describirla fácilmente. Pero todas hablan en presente. La nombran de muchas formas: avasallante, autoritaria, impulsiva, líder, sociable, manipuladora, luchadora, resistente. Ninguna se imaginó tener que nombrarla muerta.

El domingo 18 de marzo de 2012 una ocasional compañera de cuarto encontró a Claudia Pía Baudracco muerta sobre su cama, con el pelo en la cara y al costado, un balde con un líquido rojo.

En su departamento, las amigas y compañeras que llegaron apenas se enteraron, encontraron entre papeles de la militancia varios turnos médicos que recordaban con crueldad que se estaba haciendo chequeos por primera vez en su vida.

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Claudia fue Claudio hasta que en la adolescencia sintió que era otra cosa. Nació en La Carlota, provincia de Córdoba, allí se habían instalado sus padres, en el pueblo de sus abuelos maternos. Ahí nacieron los dos hijos mayores de Elba y Hugo Baudracco, Claudia Alejandra y Claudio Darío Baudracco. A los dos años de Claudio se fueron a vivir a Venado Tuerto provincia de Santa Fe. Pudieron comprar una casa en un barrio nuevo del Banco Hipotecario.

Claudia, la hermana mayor murió a los 7 años, Claudio tenía 3. Elba dice que en esa época Claudio se pasaba día y noche con los zapatos de danzas españolas de la hermana. Ese fue su legado y sería su primer contacto con los tacones, esos que usó para defender la primer parada de la Richieri y la General Paz unos 14 años más tarde.

Claudio era un chico inquieto y rebelde, se portaba mal, lo mandaron a un colegio de curas pero fue peor. A los 11 años sufrió la muerte de su padre y empezó una etapa difícil para toda la familia. Ya había nacido Carolina y Claudio atravesaba como podía su transformación en lo que sentía que era.

Se escapaba de la casa, saltaba por los techos, le robaba la ropa y los zapatos a la mamá, ella se indignaba y tenían discusiones tremendas.

Pasó un tiempo y Elba se puso de novia con un hombre que le iba a terminar de complicar la vida. Víctor era esquizofrénico, cuando tenía un ataque se ponía violento y la casa de Venado era un infierno. En el medio nació el hermano menor, Facundo. Cuando ya no dio para más Elba agarró sus cosas y a sus tres hijos y se mudó a Buenos Aires.

En el medio, Machinea lanzó el plan Austral, pero al menos pudieron comprar un departamento en el barrio de Balvanera. Elba consiguió un trabajo y se empezó a rearmar. Claudio ya era Claudia. Y eso convulsionó a la familia y al nuevo barrio. Se empezó a inventar un cuerpo que combinara con lo que sentía que era. Se vestía de mujer, se maquillaba, consiguió hormonas y se inyectó aceite industrial. Intentó hacer el secundario pero no duró mucho tiempo. No le permitían asistir con su nueva identidad y lo dejó.

A cada rato la policía se la llevaba.

A cualquier hora Elba tenía que salir a buscar a su hija a la comisaría octava. Y un día se fue, tenía 17 años. Se fue a vivir a lo de unas amigas, a un barrio muy marginal.

De vez en cuando iba a visitar a su mamá y a sus hermanos. Cuando se descuidaban les sacaba todas las cosas de la heladera. Elba se daba cuenta.

Al tiempo volvió y la familia encaró una terapia familiar. Recién ahí Elba entendió que Claudio había elegido ser Claudia y aunque le costaba tenía que acompañar a su hija. Los hermanos siempre la nombraron como mujer, a Elba le costó un poco más.

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Pía se prostituyó, hizo shows en un boliche de Santiago del Estero, viajó a Uruguay, después a Italia y promediando los 90 y casi como un chiste fundó ATA, la Asociación de Travestis de Argentina, que años después iba a devenir en ATTA agregando transexuales y transgénero.

Claudia Pía vivía en un departamento que compartía con María Belén Correa, una chica trans menor que ella que había venido de Luján, escapándole al infierno grande de un pueblo chico. Las dos trabajaban en la calle, en una de las tantas detenciones policiales Pía, como siempre, los increpó:

-Te estoy dando el documento que me estas pidiendo. ¿Que más querés? Si me querés detener deteneme, pero no hagas tanta historia.

-Pero qué tanto discuten ustedes, ¿son de la asociación de travestis argentinas?

Una noche en ese departamento, y recordando esa expresión burlona del policía, nació ATA. Como un chiste que se fue tomando cada vez más en serio, Claudia empezó a convencer a las chicas trans que se podía vivir de otra manera, como ella vio en Europa, las hizo pensar que a lo mejor podían hacer algo para no pagar 50 pesos de coima casi diaria para poder caminar, para poder trabajar, para poder estar. A pensar que quizás podían planificar una tarde ir al cine, o a tomar un helado sin terminar presas, golpeadas, manoseadas. Que quizás podían pensar en una vida que no se les termine a los 35 años, con el cuerpo maltratado, violentado, inyectado, las tetas operadas de la manera más casera y precaria, y con el virus del VIH como una fatalidad.

Fue difícil convencerlas que era posible, para las mismas compañeras eran unas locas. La mayoría prefería pagar la coima y no quedarse sin ingresos, poder seguir trabajando. Les decían que no se enfrentaran, que no valía la pena. Pero lentamente fueron acercándose cada vez más chicas y fueron convenciéndose de que eso que soñaban podía ser una realidad.

Para el 95 eran cuarenta chicas registradas y unas diez que militaban activamente. Ese año allanaron el departamento de Claudia y Belén, les rompieron todo y les robaron los archivos.

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Además de nacer como Claudio, en la búsqueda de su identidad fue muchos nombres. Fue Luli, Lulita, Lara, fue sólo Claudia, fue sólo Pía, hasta que fue Claudia Pía, “la gorda”.

Amaba a los animales y llegó a tener mascotas extrañas como una cabra, un ganso o una iguana. Admiraba a Moria Casán y era amante del cannabis y de su cultivo, tenía un montón de plantas que cuidaba con dedicación y a las que llamaba “mis chicas”.

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Antes de dedicar su vida entera a la militancia, Claudia Pía atravesó otra prueba difícil. Cayó presa por un supuesto “tráfico de drogas” en el 2001. Estuvo primero en Ezeiza, luego en Devoto y por último en Marcos Paz.

Mientras estuvo presa, se anotó en cuanto taller había para poder salir y por supuesto, enseguida se hizo respetar por los presos y presas y por los guardiacárceles. “Tenía a todos cagando”, cuenta la hermana Carolina, que era la que más asiduamente la visitaba.

Los compraba mostrándole fotos de sus amigas desnudas. Marta, una íntima amiga era la encargada de conseguírselas.

En Marcos Paz estuvo enferma de los riñones, la pasó mal. Pero aprovechó para estudiar, terminó el secundario y a través de cartas y llamadas interminables con su compañera Belén, que se había exiliado en Estados Unidos y luego en Alemania, empezó a formarse como activista social y política. Belén hacia cursos de formación y cuando terminaba de leer los materiales se los mandaba a Pía.

Cuando entendió por donde pasaba la lucha, no paró. Salió de la cárcel y ya no tenía dudas de lo que había que hacer. Si la igualdad era tener derechos, el primer derecho a conquistar era el derecho a ser diferente, a ser quien uno quiere ser.

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La gorda era impulsiva, pero todo lo hacía por alguna razón. María Rachid cuenta que una vez, en una discusión en la organización de las marchas del orgullo se levantó la remera y dijo:

-Esto es lo que nos pasa a las trans por ser quienes somos- y mostró la inmensa cicatriz en el pecho que le cruzaba de un lado al otro. Después se le acercó y le dijo entre risas: “¿Viste el drama que armé? Hay gente que lo que no ve, no lo entiende”. “Usó su propio cuerpo como argumento y logró lo que queríamos. El principal lema de la Marcha del Orgullo sería la Ley de Identidad de Género”, cuenta María con una sonrisa y ojos húmedos que delatan todo lo que la extraña.

“Cuando hablamos del derecho a ser, hablamos del derecho a la identidad para el acceso de todos los derechos y cuando hablamos de derechos hablamos de derechos humanos”, dijo Claudia en el debate por la Ley de Identidad de Género en las comisiones del Congreso de la Nación en agosto de 2011. “Hubo masacres hubo torturas pero sobre todo hubo falta de identidad que significó en nosotras una impunidad sobre nuestros cuerpos. Ser trans, no tener identidad significa que cualquiera pueda vulnerar tus derechos”, siguió contando ante los que quisieron oírla.

Antes de hablar en ese debate, le preguntó a María:

-¿Qué decís? ¿Me levanto la remera?

-No hace falta Pía, van a votar a favor.

-Bueno, entonces voy a hablar del nombre en mi lecho de muerte, algo fuerte hay que decir para que se entienda, si no tenemos para dos años más…

Entonces dijo que lo único que la ponía contenta era que en su responso iba a decir “Claudia Pía Baudracco” su nombre real, no el que dice su documento. Porque decía que le daba mucha lástima cuando fallecía una compañera y leía un nombre que no la nombraba. Ella sabía que la ley era una batalla ganada. Tenía 42 años.

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Ese domingo de marzo en el que poco a poco sus amigas, su familia y sus compañeras empezaban a caer en la cuenta de la cruda realidad de su muerte, María, Claudia y Marcela la presidenta de ATTA, fueron a buscar una casa de velatorios.

Entramos a dos, preguntamos un par de cosas. Eligieron la segunda. Era un lugar con colores claros y alegres, con luz, como Pía.

-Hay un tema muy importante. La persona que murió era una mujer trans, y es importante que se utilice en todo momento su nombre de identidad de género, y no el que figura en su DNI.

-No sé. Hay algunos papeles…

-No hay ninguna posibilidad. Si no pueden hacerlo, vamos a otro lado. La Presidenta de la Nación ha nombrado personal del Estado mediante un decreto ley utilizando los nombres de identidad de género. Es perfectamente legal. Si quiere le damos todos los argumentos jurídicos, pero no queremos ver, en ninguna parte, su nombre de DNI.

-Está bien, no hay problema.

Mientras hacían algunos trámites, algunos compañeros y compañeras preparaban un video para su velorio. Con las fotos que tenían construyeron una especie de altar, donde la gente dejaba sus ramos de flores.

La gente iba llegando a la casa velatoria desde distintas ciudades y provincias del país. La mayoría compañeros y compañeras de militancia, muchos y muchas que habían aprendido todo con ella. La familia tenía un cuarto privado, pero preferían estar con la gente. Miraban con orgullo de madre, de hermanos, la cantidad de gente que lloraba por Claudia Pía.

A lo largo de la noche, compartieron anécdotas de la gorda. Hubo risas, llantos y todo mezclado.

No pudieron pintarla porque su cuerpo estaba congelado y transpiraba todo el tiempo. Pero en la mitad de la noche, sus compañeras decidieron que no podían dejarla así. Llevaron todo el maquillaje que tenían en sus carteras y la pintaron dejándola hermosa.

La cubrieron con las banderas de ATTTA y la FALGBT y debajo una flor de marihuana “para el viaje” dijeron.

Llegó la hora de ir al cementerio. María bajó para chequear que esté todo bien y le mostraron la placa de metal que iban a poner en su cajón.

-Yo dije muy claro que tenían que poner su nombre de género.

-No se puede señora, tiene que ir el nombre que figura en el DNI.

-Mirá, voy a ser clara porque en este momento no tengo ganas de estar explicando nada: si no ponen el nombre de género, de acá no sale. Y te puedo asegurar que con toda la gente que hay arriba no te la llevás ni con la gendarmería.

-Esto lo hace un herrero, ya está hecho.

-Entonces llamalo rápido para que haga otra placa porque tenemos que llegar el cementerio. Y espero que en el auto y su nicho, también esté su nombre de género.

La salida se demoró un poco, pero salieron como correspondía. En el cajón y en el auto figuraba su nombre: Claudia Pía Baudracco. Detrás se ubicaron la familia, las amigas y los amigos, sus compañeras y compañeros de militancia. Decenas de autos y un par de micros que habían contratado para que nadie quedara a pie.

En el nicho no había placas. Quizás la hicieron desaparecer antes de aguantar otro escándalo.

Esa tarde de marzo faltaban 52 días para que se sancionara la Ley de Identidad de Género en Argentina.