Por Marcelo Belinche

Como un zombie de la teoría política, el populismo está siendo desenterrado, un vez más, para cumplir su habitual misión de caracterizar peyorativamente a un gobierno popular.

Más un adjetivo que una categoría, vuelve con su mala fama y su significado difuso a tiempo para incorporarse al escenario electoral en el que los argentinos definirán su futuro.

Un poco apresurado y con segundas palabras aclaratorias, propone un choque dicotómico con otro concepto vago que aspira a recuperar de manera forzada una consigna central de la posdictadura, y aparece inmediatamente después de que en la calle durante marzo se produjeran dos hechos que sí establecieron marcos conceptuales claros.

Porque esa plaza del Congreso repleta y organizada, escuchando con atención un discurso de cuatro horas de rango argumentativo y rigurosidad analítica, se contrapuso con la “marcha de los fiscales”, en la que la oscura muerte de un oscuro personaje, de enorme gravedad institucional, enmarcada en el dolor de una tragedia impune, fue utilizada groseramente para producir un acto callejero de campaña. Y respondió con seriedad, simpleza y potencia a la compleja arquitectura que a partir de la crítica desbordada y sistemática aspira a convertirse en propuesta.

Es probable que en esos marcos transite la disputa de poder de los próximos meses.Y ponga en escena el duelo de una opción de gobierno cuyo rango distintivo es que cree en lo que hace y hace lo que dice, y enfrenta la difícil tarea de ser su propia superación a partir de logros incuestionables, con otras montadas desde la política profesional, armadas con los múltiples recursos de la propaganda mediática moderna.

Su tarea tampoco será sencilla, ya que la estética es determinante en sistemas previsibles, en los que las opciones difieren en aspectos sutiles.

Pero en un país que deberá elegir entre modelos claramente diferentes por su impacto en la vida de sus habitantes, el abuso de los globos de colores, los discursos caricaturescos, las dicotomías musicales, indican, como la mala publicidad, la certeza del engaño.