Por María Belén Rosales*

Daiana García de 19 años, desapareció el viernes, cuando le dijo a su familia que iba a una entrevista de trabajo, y luego fue encontrada en una bolsa de arpillera al costado de la ruta. Aunque todavía se desconocen detalles, hay puntos en común con los feminicidios de Ángeles, Araceli y Melina: jóvenes violadas y asesinadas, cuyos cuerpos fueron a parar al basural la gran maquinaria patriarcal-capitalista.

El término “cultura de la violación” fue utilizado por primera vez en la década de 1970 por la segunda ola del feminismo y se aplicó a la cultura americana contemporánea en su conjunto. Ejemplos de comportamientos comúnmente asociados con la cultura de la violación incluyen culpar a la víctima, cosificación sexual, violación trivializada, negación de violación, negación a reconocer el daño de ciertas formas de violencia sexual que no se ajustan a ciertos estereotipos de violación violenta.

Son muchos los signos que operan en la cultura de la violación: el merecimiento de las “loquitas y putitas que se vestían y bailaban provocativamente”, el peligro de la circulación en soledad, la certeza silenciosa de que las abusadas son disciplinadas.

La cultura de la violación y la pedagogía de la violencia misógina pueden verse a diario en las pantallas de la televisión argentina, en sus diversos formatos y géneros, en las publicidades comerciales y en la propaganda política. Un ejemplo actual es el del aspirante a la Gobernación santafesina por el macrismo, Miguel Del Sel, protagonista de un spot -que se viralizó durante los últimos días en la web- en el que bromea con otra persona a la que le promete un asado. Esa persona le pide al postulante que traiga la parrilla, a lo que el hombre del PRO contesta: “Traela vos la parrilla, ¿qué querés, que venga con putas también?”.

Necropoder y necropolítica

Sayak Valencia, en el libro Capitalismo gore y necropolítica en México contemporáneo, explica los entramados por lo que la cultura de la violencia se va apoderando de parte de los sujetos actuales a favor del necropoder alimentado por un capitalismo de consumo exacerbado y centrado en ciertos pilares de producción-consumo y de sexo y violencia.

En el necropoder, los cuerpos, y la vida misma, se conciben a modo de meros productos de intercambio capital, moneda de cambio o elementos de consumo en sí, sin más. Ya no son elementos de la cadena de producción, son elementos de consumo directo, todo ello a través de tecnologías y técnicas de violencia.

La madre que engendra y materializa este fenómeno históricamente reproducido en nuestras culturas, bajo renovadas formas y modalidades, es la matriz simbólico cultural patriarcal-capitalista, que engendra y da vida, o mejor potestad de muerte, a los cuerpos jóvenes de mujeres, concebidos para la gratificación del deseo de quien se convierte en el patriarca de turno, el jefe, el novio, el amante, el marido o ex marido, el Estado con potestad sobre la sexualidad, el cuerpo, la vida y la muerte.

La gran matrix que produce, disciplina y normaliza los cuerpos, a imagen y semejanza de quien los imagina, los fecunda. Las tecnologías del género en uso -que superan a cualquier ciencia ficción- exalta en las sociedades de la información los cuerpos creados y recreados por estas tecnologías de la gran maquinaria para la gratificación del deseo, el erotismo y  la violencia libidinal masculina.

Las cifras resultan escalofriantes: una chica es asesinada cada diez días, violadas sin que se pueda identificar al autor, estranguladas por un novio o una ex pareja, baleadas por conocidos o en otras situaciones que todavía no han sido esclarecidas por la Justicia, de acuerdo con las últimas estadísticas del Observatorio de Femicidios en Argentina, que lleva adelante La Casa del Encuentro, ante la ausencia de estadísticas oficiales. El año pasado la Casa del Encuentro contó 277 femicidios, 82 de esas víctimas tenían entre 19 y 30 años, la misma franja etaria que Daiana. De ese total, 23 asesinatos tuvieron como protagonistas a niñas de entre 13 y 18 años.

Capitalismo caliente

Una cultura como la del capitalismo caliente denominada así por Beatriz Preciado, se caracteriza por sustituir la figura del trabajador-proletario por la del consumidor al que “le interesan los cuerpos y sus placeres, y que saca beneficio del carácter politoxicómano y compulsivamente masturbatorio de la subjetividad moderna”.

Este, el capitalismo caliente, se erige como un nuevo régimen de control de los cuerpos y de la producción de la subjetividad acaecida tras los avances científico-técnicos, el descubrimiento de nuevos materiales, los avances en cirugía estética y prostética, la nanomedicina, los descubrimientos y los avances en genética, las mejoras en la farmacología y el desarrollo de fármacos de control químico del cuerpo, las hormonas y la sexualidad, y la comercialización -por excelencia- de todos estos avances, desarrollos y descubrimientos.

Sin olvidar, la trasformación de la pornografía en un elemento de consumo y cultura de masas. El placer, el cuerpo y sus efectos no son penalizados como lo eran en la sociedad puritana del capitalismo disciplinario, son y sirven como elementos de la cultura de masas y como elementos del consumo y por ello flujos imprescindibles de un capitalismo que trabaja directamente sobre el cuerpo y su subjetividad.

Al marco social del capitalismo caliente y de la mercantilización de la vida íntima hay que sumarle las influencias del contexto del consumo, sobre exposición y veneración de la violencia, proyectada como un estilo y forma de vida y enmarcada en una cultura de necropoder y exaltación de la violencia por violencia de manera continuada, cotidiana y exhalada como un valor social y cultural en alza.

Basta referirnos a la mediatización de los linchamientos por sectores medios de la sociedad argentina a los jóvenes criminalizados construidos y representados como “delincuentes”. Los flancos de todas las impotencias que atraviesa al ser humano, el Ser (clase media urbana, blanca, heterosexual, masculina) y que lo distancia del no Ser. Así la miseria de la frustración hecha sombra psicológica colectiva sale a la luz mediante la transmisión televisada de la mortificación de un cuerpo, de un chivo expiatorio, que hace hablar a todas las injusticias y la rabia social que definen la inhumanidad percibida en esos sujetos/cuerpos/jóvenes.

El cuerpo de las mujeres aparece en el discurso de los medios como el territorio sobre el cual se libran las tensiones, las continuidades, rupturas y transformaciones en el orden del sentido respecto a los modos históricos de percepción y representación de lo femenino (por oposición, lo no masculino) y de qué modo estas retóricas y rutinas de la cultura mediática dan cuenta de una dimensión pedagógica, en tanto implican procesos de formación de subjetividades al poner en juego modelos de interpelación y reconocimiento en los sujetos.

En los últimos años, el activismo de género ha desplegado estrategias para sumar a las discusiones sobre comunicación, medios y género, algunas de ellas han sido traducidas en iniciativas que tanto desde el Estado como desde la sociedad civil se han hecho cargo de la preocupación por las formas de comunicación sexistas, la reproducción de la dominación de género y la estigmatización y discriminación por sexo o género, alentando la creación de observatorios de medios y políticas públicas, la producción de materiales para comunicadores y educadores, así como la creación de espacios alternativos de comunicación en los que puedan circular las palabras de quienes la sociedad subalterniza genérica o sexualmente.

La resonancia pública que ha adquirido el reconocimiento de un conjunto de derechos en materia de géneros y sexualidades y en materia de ciudadanía comunicacional han sido materializados en leyes, en políticas públicas y en organismos de gestión y control,  centralmente a partir de la sanción de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual 26.52, la Ley Nacional de Educación Sexual Integral y La Ley de Protección Integral para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra las mujeres 26.485, en particular en sus aspectos referidos a la violencia simbólica y mediática. En el caso de los organismos, cabe mencionar el Observatorio de Radio y Televisión –un órgano tripartito conformado por la AFSCA, el INADI y el CNM- y la Defensoría del Público, dependiente de la Comisión Bicameral del Congreso de la Nación.

Muchos de estos observatorios de medios han desarrollado metodologías de análisis crítico de las formas de representación del género en los discursos mediáticos, a fin de relevar e indagar en las tensiones, continuidades y transformaciones de los modos en que se presenta la organización genérico- sexual de nuestra sociedad. Estos trabajos nos presentan un mapa diagnóstico de los materiales simbólicos con los que contamos para entender el hoy y proyectar un futuro de cambio en la cultura mediática de nuestro país al permitirnos explorar el lugar que los medios ocupan como dinamizadores de las transformaciones respecto a los modos tanto subjetivos como colectivos de percibir y vivir.

Miembro del Laboratorio de Comunicación y Género (FPyCS-UNLP)

La publicidad de Del Sel donde habla de un asado con “putas”