Por Fernando Alfón

La argumentada alegría que colmaba el Teatro Nacional Cervantes mutó rápidamente en preocupación y luego en amarga congoja. Chomsky no había venido a anunciar las bienaventuranzas, sino algo más grave: la destrucción inminente del planeta. La profecía no venía envuelta, sin embargo, del manto trágico de lo inevitable, pero era tan severa que ameritaba una demostración, y aunque fue escueta, resultó tan convincente que no pudo más que agravar la amargura. Resumida fue esta: EEUU entró en la fase final de su decadencia; en su afán de no perder el dominio mundial está decidido a todo, incluso a destruir sus propios suelos en busca de la extracción de energía. Al tiempo que auspicia crisis económicas en otras naciones, su inversión en armamento llega a niveles desconcertantes. China no es una alternativa, sino una parte no menor del problema. Pero el resto del mundo ya no está dispuesto a contemplar paciente la devastación. Dos sombras oscuras, entonces, se ciernen sobre nosotros: la guerra nuclear y la catástrofe ambiental. El Reloj del Apocalipsis que periódicamente actualiza el Boletín de Científicos Atómicos —advierte Chomsky— se acercó dos minutos más a la medianoche, la hora que será fatal.

Estos anuncios apocalípticos los solían hacer, antiguamente, los profetas, en el marco de la doctrina circular del tiempo. Eran anuncios dramáticos, pero a la vez esperanzadores, porque si el último de los más brutales de los ciclos se iniciaba, el más dorado del nuevo lo vendría a reemplazar. Lo dramático del anuncio en el Cervantes es que Chomsky —adscripto al partido de la genética— no cree en la doctrina de los ciclos, y cuando dijo “el fin de la especie” quiso decir el único y definitivo final. Lo dramático es que ahora es un hombre de la ciencia quién lanza esa trompetada sombría y hasta los laicos se inquietan, porque el modo de demostrar el augurio también es científico, aunque sea de las ciencias paradójicamente llamadas “humanas”. Chomsky no habla con metáforas mitológicas ni a través de poemas alegóricos, habla de procesos históricos, de desplazamientos de ejércitos, de relocalizaciones estratégicas. Demuestra el desenvolvimiento de la amenaza por medio del poder persuasivo de la sociología política. Entonces el desenlace bélico es inminente, sí, pero no inevitable.

Si el diagnóstico es exacto y la humanidad avanza hacia su autodestrucción voluntaria, ¿qué otra alternativa cabe que detener esa carrera? Acá es donde lo dramático del planteo se torna angustioso, pues así como resulta obvio que a este paso la humanidad se estrella, más obvio aún es que los líderes políticos no parecen estar dispuestos a revertirlo. EEUU es el protagonista estelar en esta historia, pero en una trama en la que también desempeñan su papel otras naciones que aspiran a seguir su mismo estilo. El problema entonces no es “saber” que existe un peligro destructivo, sino la “voluntad” de convertir ese saber en un cambio.

Es ahí cuando Chomsky celebra que aquí, en América Latina, haya surgido la desobediencia y se hayan dado los primeros pasos hacia la liberación del dominio imperial. ¿Eso significa que nosotros, los latinoamericanos, podemos detener el avance hacia la destrucción, desacelerar la escalada bélica, evitar la tentación del fracking —así como todas las formas de destrucción del planeta— y reabrir un debate acerca de qué significa realmente el progreso? Sin lugar a duda, pero eso está apenas insinuado, corre como preocupación creciente entre las asambleas y se propone como centro a partir del cual gravite el resto de las preocupaciones. Es un desplante al orden mundial vigente, pero no un golpe de gracia. De la creatividad de nuestra desobediencia y de la realización concreta de sus impulsos depende que todos nuestros gobiernos soberanos y populares se constituyan en auténticos procesos liberadores; de lo contrario, bueno, también corremos el riesgo de haberle servido como pintoresco telón de fondo a la consumación final del imperio.