Un proyecto de ley, que principalmente buscaba ampliar las penas a las denominadas “barras bravas”, revitalizó en los últimos días el debate en torno a lo que se llama violencia en el fútbol. Proponemos dos ejes de discusión para sumar a este debate y ampliar la reflexión sobre las políticas públicas de prevención de la violencia.

Primero. Ante cada hecho de violencia se pone en escena un juego de luces y sombras que ilumina las prácticas violentas de unos pocos, culpándolos de las desgracias y desventuras que azotan los estadios, opacando -olvidando con más perversión que ingenuidad- las acciones de otros actores sociales. El resultado de esta operación es atribuir a las “barras bravas” todos los males del mundo del fútbol, invisibilizando otras formas de violencia.

No pretendemos negar el rol central que tienen las “barras bravas” en el fenómeno violento sino que es necesario una comprensión más acabada que permita un abordaje profundo de un tema complejo. Sabemos que los miembros de las “barras bravas” son uno de los tantos practicantes de acciones violentas en el mundo del fútbol pero no los únicos. Los policías, los espectadores que no son parte de estos grupos organizados, los periodistas y los jugadores también tienen, en diferentes dimensiones, prácticas violentas. Desde costosas plateas se arrojan piedras, policías que agreden a los espectadores y jugadores que se pelean a las piñas forman un escenario mucho más complejo. Ver como única expresión de la violencia a las “barras bravas” es olvidarnos de qué modo todos somos responsables del fenómeno violento.

En esta línea es necesario para pensar políticas de prevención de la violencia trabajar con todos los actores para que estos no reproduzcan sus prácticas. Así podríamos, entre otras muchas cuestiones, formar fuerzas policiales más profesionales y capaces para intervenir eficientemente en el fenómeno violento sin propagarlo por incapacidad o ineficiencia.

Segundo. Las prácticas violentas gozan de una legitimidad socialmente construida. Son valores sociales los que validan, otorgando prestigio y reputación a los que en el mundo del fútbol cometen actos violentos. Las acciones violentas no son ejemplo de la sinrazón sino el resultado de múltiples causas culturales y sociales. La violencia es una acción cultural que los grupos sociales usan para comunicar variados aspectos de su cosmovisión, desde la masculinidad a la idealización de un modelo de cuerpo, desde la entereza de espíritu a la resistencia al dolor como valor ontológico. Es así que la violencia tiene sentidos y significados socialmente instituidos.

Los actores sociales que cometen hechos violentos en el mundo del fútbol lo hacen como parte de un entramado social complejo que legitima esas acciones en esos contextos. Estos actores, en otros contextos, actúan de otras formas, es decir, no es la violencia una particularidad natural sino una acción -legítima y válida- que, usada como recurso social, les permite ubicarse en un determinado espacio social. Y cabe recordar que esta legitimidad no es cuestión solo de las “barras bravas”. El resto de los actores del mundo del fútbol también contribuyen a crear un espacio donde la violencia sea factible. Jugadores que provocan a los espectadores, espectadores que insultan y gritan canciones en las que instan a matar al rival. Deberíamos en este caso, modificar las formas en que muchos espectadores contribuyen en creer que el espectáculo deportivo requiere de la desaparición del rival deportivo como modo de construcción de su pertenencia a un club.

Sin embargo, observamos con estupor que las políticas de prevención se centran en reformar legislación que no ha sido eficaz. Olvidando que su ineficacia no es por su desactualización sino por la incapacidad de la ley de transformar los valores sociales que legitiman la violencia. En ese camino se vuelve necesario comprender que las leyes no modifican -ni en el corto ni en el mediano plazo- la legitimidad de las acciones socialmente válidas. Sólo unos pocos pueden creer que con una ley se solucionan problemas que tienen fundamentos sociales y raíces culturales. La distancia existente entre las legitimidades de la violencia y la de ley explica los fracasos de las políticas de prevención que sólo se basan en la persecución judicial para con los que comenten delitos violentos en el deporte.

La eficacia simbólica de las leyes que persiguen los delitos violentos en el fútbol es casi nula, ya que puede con éxito encarcelar a quienes cometen delitos pero no transforma la legitimidad que estos hechos poseen. Por ello, una política de prevención de la violencia que se recuesta sólo en nociones judiciales está destinada al fracaso. Además, es relevante señalar que la persecución se recuesta siempre sobre los mismos actores, olvidando la multiplicidad de formas violentas algunas aquí descriptas.

Habiendo señalado estos dos ejes nos resta decir que trabajar en la prevención, es trabajar en todas las dimensiones de la problemática, conocer sus lógicas, sus razones y modificarlas. Así, pensar políticas de prevención en torno a la violencia en el fútbol requiere comprender dicho fenómeno en su totalidad, sin sesgos ni prejuicios. Es ineludible, entonces, conocer las legitimidades de la violencia para poder modificarlas.