Por  Matías Kraber

“Somos todos descendientes de antiguos
o modernos inmigrantes”, Ameghino.

La historia es la historia de los caminos. Imagínense cromosomas que serpentean por el ADN de todos. Rumbos y pisadas nómades trashumantes que le dieron sangre a varias regiones y familias que más tarde pasaron a ser un país. Hubo cruzadas, guerras, batallas, negociaciones, aluviones, alianzas, rupturas, traiciones y sobre todo mezcla. La reacción que deviene en mezcla de sangre.

Las tierras de lo que se conoce como Argentina tuvieron sus habitantes nativos. Aunque la historia oficial haya desviado el foco, anclado su estudio a la modernidad con la famosa frase de Juan Bautista Alberdi “gobernar es poblar” o la conquista de un desierto mentiroso; éste territorio que se extiende de sur a norte y alcanza un total de 3.761. 274 km², tuvo sangre originaria que aún persiste en el 56% de los argentinos y nos transforma en un país mestizo. Un país de raíces amerindias. En La Pampa, La Mesopotamia, el Noroeste, El litoral, Cuyo y La Patagonia las raíces de más de tres generaciones esperan para que nos sumerjamos en un viaje por la identidad más autóctona y olvidada.

El nomadismo

“Cambia el rumbo el caminante,
Aunque esto le cause daño
Y así como todo cambia
Que yo cambie no es extraño
Todo cambia”, Violeta Parra.

Los Araucanos llegaron de Chile a la Patagonia y tuvieron un enfrentamiento feroz con los Tehuelches –gente del sur– a la altura del Río Limay. Se dice que por éste enfrentamiento, Los Pampas –que tienen una raíz más tehuelche que araucana– siempre fueron más aliados a los cristianos que de los propios mapuches. La Araucanización no fue un proceso de guerra sino más bien un aluvión: cruzaron la cordillera en busca de ganados cimarrones que poblaban el territorio pampa y patagón.

Llegan los Araucanos

Corrían los años 1818 cuando los borogas –desprendimiento de los Araucanos– llegan de Chile a la Provincia de Buenos Aires huyendo de la Batalla de Maipú que enfrentó criollos y españoles. Así cruzan 1600 kilómetros entre montaña y llanura para ubicarse en las Salinas Grandes – hoy Guaminí– y Sierra de la Ventana. Allí el primer mojón marcado con lanza araucana.
En 1827 los hermanos Pincheira llegan de Chile con cien paisanos, y entre ellos José Baldebenítez quien estuvo con los indios del Cacique Mariano Rondeau –Boroga– hasta sus últimos días. Comienzan a tener una relación amistosa con Juan Manuel de Rosas, pero éste les desconfiaba. Temía de intenciones expansionistas. Entonces en 1834 encontró una prueba de traición y le encomendó a Calfucurá –aliado Pampa– destruir a los boroganos en el famoso asalto de Masallé.

Estaba el cacique Mariano Rondeau en Guaminí cuando llega una caravana de Chile:

–Señor nos manda nuestro cacique para decirle que viene en son de paz y a comerciar, que tanto él como los que lo acompañan es gente de paz y padres de familia–, dijo uno de ellos con nítido acento mapuche. El cacique Rondeau los contempló atento, y luego manifestando su dicha con la visita anunciada, reunió a los capitanejos de las distintas tribus y todos estuvieron de acuerdo en recibir la caravana proveniente de “la tierra de la lluvia”, como llamaban ellos a la parte sur de Chile.

No obstante, mientras se prepararon para anfitrionar: curanderos, adivinos y las mujeres ataviadas de los mejores trajes, la tropa visitante llegó en son de guerra. Sus lanzas mataron a todos los que se fueron resistiendo y el resto se desbandó para poblar otras tierras: Los Toldos y Valdés en el partido de 25 de Mayo.

Casi dos siglos más tarde, 20 familias descendientes de los Rondeau continúa su reclamo por el reconocimiento de 4.667 hectáreas de tierra que forman una U entre el partido de San Enrique y Valdes, pertenecientes a la localidad de 25 de Mayo en la Provincia de Buenos Aires.

El norte tiene el fuego prendido

Cuando llegaron los españoles a ésta tierra se hablaba más el quechua y el aymara que los idiomas propios de acá. El indio de ésta zona fue conquistado por el Inca, en la cruzada de Pachacútec. Fue una conquista distinta a la española, fue un negocio e intercambio respetando los valores ancestrales. No existieron grandes tragedias. Entonces acá quedan nombres de otros tiempos en ríos, montañas y plantas. Y al igual que en Cusco, por estas tierras hay 10.000 años de historia. Hubo un tiempo grandísimo de negación, pero no hace mucho tiempo –quizá desde Evo Morales a esta parte– hay un resurgimiento de las raíces andinas.

El que habla es Emilio Ramón Haro Galli. Ceramista, pintor y militante de la cultura andina desde Tilcara a Cusco trazando un surco permanente. De padres criollos, pero criado por mujeres nativas en el Cafayate salteño. Ahora desde su taller en la quebrada, mastica y piensa antes de soltar palabras con su acuso de coca en la boca explicándonos la mixtura. El ser kolla es una mezcla de diaguitas –con varias escisiones de tribus del norte: yavis, pumarmas, jujuyes, omaguas– y la cultura incaica. Todo hace a una cultura andina por el mismo camino incaico que llegó hasta Tucumán: nombre quechua que significa hasta acá, del imperio Inca de cuatro regiones y divisiones que también bajó por línea recta hasta Mendoza por las montañas.

Rompiendo silencios

Ella es Ana Cecilia Bruni de Puerto Madryn y confiesa que hubo que luchar contra el silencio. Que hay que seguir luchando, incluso contra el peor de todos los males: la falta de memoria. Que un buen día en su pueblo patagónico se chocó con novedades: “Yo soy prima de tu mamá, yo soy la tía”.

-Me pasó a los 15 años, yo me acuerdo que volví a mi casa a contar con la gente que me había encontrado. Gente que era mi familia, que yo encontré sin ningún tipo de intención, ese fue el primer encuentro que me generó muchas sorpresas. Después con el tiempo armé un árbol genealógico: mi mamá me ayudó a armarlo diciéndome por ejemplo “mi tío se casó con fulana pero después se separaron y se casó con mengana entonces así se genera un nuevo apellido”. Los Roldán, los Sayhueque, apellido de mi tatarabuelo que fue un cacique mapuche, mi mamá no portó ese apellido, ella es Roldán, el apellido Sayhueque lo tenía su abuela.

Yo tengo 29 años, estoy siendo consciente que en mí giraron y giran dos mundos completamente diferentes: el mundo de los gringos y el mundo de los negros. El mundo de los dioses, de las iglesias y el mundo de la tierra. De la semilla. Y otros dioses. No sé bien cómo se lleva esto de ser mestiza –dice Cecilia desde su patio de Puerto Madryn mientras contempla su almendro que jamás pudo volar el viento patagónico–. “Cuando era chica lo abrazaba por temor a que se volara, pero después me di cuenta que las raíces nunca se vuelan”. Siempre están ahí. Esperándote. Esperándonos.