[quote_recuadro]El sistema de justicia de Argentina: primera entrega[/quote_recuadro]

Flavio Rapisardi
Foto: Sebastián Freire

Por  Flavio Rapisardi

Cuando la Segunda Guerra Mundial, brutal asesina interimperialista, arrasaba ese continente que hoy vemos sufrir bajo el látigo del capitalismo alemán transnacionalizado, una escritora que eligió el margen afirmó: “La justicia, esa fugitiva del campo de los vencedores”. Simone Weil retirada en una granja francesa, sometiéndose voluntariamente a las calorías de una dieta propia de los millones que sufrían en los campos de exterminio, no solo fue pesimista, sino que también alertó sobre el carácter de disputa que encarna ese significante que nunca deber dejar de definirse.

En América Latina sabemos que la Justicia, noción que discutimos con textos que nuestras aduanas intelectuales que son las universidades “criollas” habilitan, suele ser presentada como una discusión “abstracta”, es decir desterritorializada de nuestras necesidades políticas. Me llamó mucho la atención cuando en su última visita a la Argentina, a la filósofa-politóloga y feminista Nancy Fraser se le preguntó cómo se podía viabilizar su noción tripartita de justicia (reconocimiento-redistribución-participación) su respuesta fuera que ella no era “especialista” en instituciones. En ese silencio, en ese vacío está, por supuesto, el Estado como actor necesario en nuestro contexto de países que luchan por su emancipación, en el cual cumple un rol central. Mientras que para los debates de los países centrales es un problema al que abordan con la noción de “libertad negativa”: lxs sujetxs son libres “contra” el Estado, mientras para nosotrxs, el Estado es la herramienta constructora de los derechos, las libertades: las caras de la justicia.

El tono sombrío de Weil ilumina, como ocurre en las peores noches con algunos resplandores. Y es en este clima que desde Contexto vamos a recorrer -por momentos bucear- y debatir con voces que no harán melodía, para intervenir en un debate pendiente: la democratización del Poder Judicial. Para esto pensamos desgranar esa red que nos recuerda la araña que Clarice Lispector describe en su novela como la perla sobreviviente de un imperio, de una casona del sertao brasilero: esa araña es una metonimia de lo perdido y de lo deseado a los ojos de una niña que luego huirá a la ciudad buscando lo que nunca encontrará, quizá por no hacer caer y astillar un signo que resultaba ignominioso.

Lo que aquí planteamos, reescrito para nuestra preocupación, no es más que meter el bisturí al Poder Judicial, a esa aristocracia compleja que ha mostrado en estos últimos años ser el reducto de los sectores conservadores, el contrapeso pastoril-burgués, contrariamente a lo que piensa Natalio Botana cuando señala al Senado como la herramienta principal de esa función retardataria. Con sus retrocesos y avances, el Poder Ejecutivo y el Poder Legislativo han producido desde su interior y en articulaciones político-sociales aperturas, modificaciones que deberemos sostener y profundizar.

En los últimos tiempos de luchas en, con y contra el Poder Judicial por la consagración de derechos como el de una comunicación democrática, la Memoria Verdad y Justicia, entre otras cuestiones, el Poder Judicial se nos aparecía como un conjunto de instancias complejas, pero en apariencia remontables con un organigrama.

Sin embargo, en la modalidad, que no es nueva, de un ataque que surge de sus filas contra la democracia bajo la figura de “golpe blando” que se está agitando con el cadáver del polémico fiscal Nisman, algunos focos se encendieron sobre esa maraña y de repente vimos que agentes de los servicios de inteligencia visitan tribunales, que supuestos “independientes” de ese poder son filas orgánicas de fuerzas políticas, entre otras ramificaciones que vamos a mapear: porque ese es el contexto. Las actuaciones de “la justicia” frente a la muerte de Nisman, el jucio a Massot, a Blaquier, a los responsables de gatillo fácil y la de lxs jueces que niegan prácticas de aborto no son un rejunte del viento, sino una topografía opaca de un territorio en el que llegó la hora de poner la lupa y peinar a contrapelo para abrir la ventanas de edificios con pretensión aristocrática a la democracia que no es solo voto, sino participación y disputa de los que aún no están presentes sin aviso porque siempre son expulsadxs.

Opacidad, magistratura y hegemonía

El Dr. Carlos María Cárcova es un pensador que se enmarca en las “teorías críticas del derecho” junto a otros jueces y miembros del Poder Judicial como la Dra. Alicia Ruiz, Ricardo Entelman y uno de sus fundadores, Enrique Marí.

Cárcova publicó en pleno auge neoliberal su libro “La Opacidad del derecho”. Y allí arriesgó una hipótesis que a nuestro entender nos permitirá, paradójicamente, contar con una lámpara que nos guie en el recorrido de las distintas entregas de esta investigación-reflexión colectiva: la opacidad del derecho (su desconocimiento, su inaccesibilidad, sus mecanismos aristocráticos de selección son sistémicos y estructurales de este pilar que hegemoniza el poder conservador).

En este mismo sentido, la Dra. Alicia Ruiz, miembro del Tribunal Superior de Justicia de la Ciudad de Buenos Aires, afirma que el Poder Judicial siempre oculta los presupuestos de sus decisiones, valoraciones y miradas bajo la pretendida asepsia que toma los rostros de independencia, apoliticidad y desideologización, lo que en los hechos implicaría la disolución de toda posibilidad de acción y existencia, ya que toda subjetividad y acción se realizan en esos marcos de inteligibilidad.

La justicia administra el derecho, y el derecho es política que actúa metonímicamente. Sostiene la Dra. Alicia Ruiz: “El discurso (del derecho) que, en una formidable construcción metonímica, exhibe uno de sus aspectos como si fuera la totalidad”. Asi “ley”, “alegato”, “sentencia” o “declaración” funcionan como una supuesta identificación al concepto de “justicia”.

Derecho, política y poder son una tríada inescindible que, desde una perspectiva comunicacional, produce discursos bajo procedimientos que aún nos resultan opacos a pesar de los valiosos intentos de los últimos años de incluir el “acceso a la justicia” (será un tema a tratar extensamente), ya que si bien más de una vez hemos recurrido a un gestor para un trámite administrativo, la figura del abogado es imprescindible para recorrer los hilos de un poder que creemos lejano y que, sin embargo, nos cruza, nos forma, nos premia y, últimamente, parece querer castigarnos con un brutal retroceso en las conquistas de los últimos años.


Otras Notas de la Primera Entrega: