DarioPor  Darío Martínez

La presidenta de la Nación, Cristina Fernández de Kirchner, anunció el incremento del monto del Plan PROGRESAR en un 50% para cada estudiante. Además, se elevaron el techo de ingresos para recibir este subsidio y que también que los jóvenes padres y madres de 18 a 24 años y los hijos e hijas de las empleadas de casas particulares puedan acceder al PROGRESAR. Esta medida resulta de suma importancia porque genera una base estructural para que integrantes de los sectores populares profundicen y complejicen su relación con los ámbitos institucionales educativos. Al mismo tiempo es una oportunidad interesante para indagar en los vínculos que los y las jóvenes establecen con la escuela en un sentido amplio.

Como antecedentes de la problemática, en los documentos internacionales de la Conferencia Internacional sobre Educación de Adultos (CONFINTEA), nucleadas en la Unesco, resulta interesante señalar que las seis conferencias internacionales centran sus esfuerzos en los adultos analfabetos, pero especifican muy poco de la educación de jóvenes que han sido expulsados de las instituciones de los sistemas educativos. Esto último sí es considerado como un problema acuciante por parte de organismos y Estados latinoamericanos, que debe ser incorporado en las agendas de discusiones regionales e internacionales. De allí que el PROGRESAR se inscriba dentro de estas agendas de los países latinoamericanos, que si bien representan un avance notable se requiere de un esfuerzo cualitativo de comprensión de los sentidos que los jóvenes le otorgan a lo educativo. El PROGRESAR ayuda y mucho, pero son necesarios andamiajes institucionales y referentes educativos que comprendan particularmente la subjetividad juvenil.

Entre los aspectos a destacar, el trabajo hace su entrada en la vida de los y las jóvenes desde temprana edad, aunque no lo reconozcan como tal. Cuidar a sus hermanos pequeños, primos o a sus sobrinitos mientras sus padres trabajan son tareas que están bastante presentes en su entorno cotidiano. La salida obligada de la escuela los enfrenta con la caída de un organizador cotidiano y por eso el trabajo hace su entrada como un eje articulador de prácticas. Casi la totalidad de los jóvenes que concurren a ámbitos de educación de jóvenes y adultos han tenido experiencias relacionadas con el trabajo renumerado, pero siempre en condiciones informales (inclusive aquellos que han logrado la mayoría de edad). En testimonios de jóvenes se expresa que la situación de corte con la institucionalidad escolar hace que requieran de un centro desde donde afirmarse subjetivamente, para desde allí recomponerse ante la mirada condenatoria de otros y evitar la caída en prácticas cuasi delictuales que los pusieran en riesgo. Así comenzaban con un trabajo que los pusiera al abrigo de un determinado repertorio de prácticas disponibles para algunos jóvenes de sectores populares que podían poner literalmente en riesgo su vida. Ya sea por los daños autoinflingidos, una disputa entre pares o los abusos represivos del aparato policial.

Para el reingreso en los ámbitos institucionales educativos, los y las jóvenes precisan de la certeza de una compañía que se presenta como un elemento favorecedor de la decisión adoptada, que la respalda en sus motivaciones y tracciona el impulso. Puede ser una madre, padre, amigos y amigas, entre otros, y su proximidad hace sentir más seguros a quienes decidieron inscribirse en la escuela, por ejemplo, a pesar de los sutiles mecanismos de ciertos entornos cercanos para desalentar este proceso que emprenden. No todos los contextos familiares o de amistades alientan las iniciativas de averiguación de los requisitos necesarios y luego la inscripción para continuar con la escuela. Las risas o las afirmaciones toscamente descalificadoras se transforman en esporas de la desidia que pueden desalentar la voluntad de asomarse a un horizonte de culminación de la trayectoria educativa.

A veces, estas esporas de la desidia también buscan impregnar otros umbrales de construcción de un marco de posibilidades –que excede lo estrictamente escolar– diferente al que poseen actualmente. Sus plataformas de inicio se hallan dentro de los núcleos más inmediatos y son quienes parecieran propalar estas esporas, pero ni siquiera ellos son los responsables. Sin embargo, es preciso atender que el contexto histórico del marco de posibilidades de transformación que la hegemonía ha trazado para los sectores populares fue el factor que terminó de modelar las esporas de la desidia y lograr que tengan un impacto desalentador para sus proyectos. De ahí que, por ejemplo, mediáticamente sean presentados como negligentes.

La presencia de una referencia afectiva que acompañe opera como un escudo capaz de contrarrestar los efectos de estas esporas. Alcanza con que esté presente en esa geografía afectiva y apuntale desde la proximidad de los cuerpos a quien ya decidió iniciar un viaje a un terreno que quiere recorrer en su totalidad. En ese viaje, el Progresar puede transformarse en un salvoconducto que neutralice, en parte, los efectos de las esporas de la desidia.

El reconocimiento de la subjetividad juvenil de sectores populares también conlleva a la construcción de una voluntad ética-política de los y las refentes educativos. Esto será una tarea cultural que demandará mucho más tiempo de lo esperable, donde es probable que todo se plantee en escenarios cenagosos y conflictivos. Pero donde la mayor apuesta se debe hallar en conformar institucionalidades y referentes educativos donde el límite del crecimiento del otro/a no sea el umbral de la propia tolerancia. De esa manera, se podrá contrarrestar los efectos de las esporas de la desidia, que siempre se esparcen sobre los sectores populares y recortan sus horizontes de posibilidades, con voluntades políticas que apunten hacia la transformación.