La repatriación de 1300 científicos significa mucho más que una sumatoria de realizaciones personales, es encontrarse con un amplio consenso del saneamiento experimentado por el sistema de investigación nacional.

Es que la vuelta de cerebros potenció la formación de equipos de trabajo, conectó a los de acá con los de allá, y priorizó responder con tecnología a demandas locales.

“Ha sido una ganancia para el país porque se fueron recién graduados y retornaron con postdoctorados y una capacidad de investigación muy alta”, explica Águeda Menvielle, a cargo de la Red Argentina de Investigadores y Científicos en el Exterior (Raíces).

Raíces es el programa madre de repatriación de científicos y, en 2008, el Congreso lo convirtió en ley y en política de Estado. Ahora funciona en el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva (MINCYT).

Menvielle destaca que se han podido cubrir áreas de vacancia. Por ejemplo, en la Universidad Nacional del Sur (UNS), unos 15 repatriados provocaron “avances novedosos” en las ciencias duras, una tradición en esa institución de Bahía Blanca.

“En nuestra Universidad el avance más importante fue en Física”, explica, a su vez, María Piccolo, de la Secretaria General de Ciencia y Tecnología de la UNS. Ahora, la expectativa está puesta en alcanzar logros en ingeniería en computación.

“Fue un avance en temas de investigación que son novedosos porque se habían formado con equipos científicos de importantes de universidades del mundo”, agrega Piccolo.

En la UNS también rescatan que el proceso de inserción trajo consigo un reequipamiento de los laboratorios “con material de última generación” –aportado por la propia universidad– y la transmisión de saber a los alumnos y a los jóvenes graduados.

En las universidades nuevas, el aporte ha sido más general. En Avellaneda (UNDAV), por ejemplo, apunta Menvielle, “se ha fortalecido” la investigación y la docencia. “Tenemos el repatriado número mil”, cuentan, con orgullo, desde esa institución.

La mención a la UNDAV no es casual. Allí, cuatro repatriados llegaron para la creación de esa unidad académica y ayudaron a su desarrollo desde cero.

Es más, tres de ellos también se sumaron a la gestión. Así le sucedió a la Doctora en Teoría Política, Cecilia Schneider, quien llegó desde Barcelona y ahora es Subsecretaria de Investigación.

“Tuvimos el doble desafío de generar las primeras investigaciones y de estar en el equipo de conducción”, recuerda Schneider, en lo que fue un “compromiso muy intenso”. Tienen entre 40 y 47 años y se fueron en “cuando se cerraban las puertas”.

En la UNDAV pudieron trasladar sus conocimientos adquiridos en el exterior, lo que les permitió, analizar los niveles de participación ciudadana o desarrollar un software para que las pequeñas empresas puedan autoevaluarse en materia de riesgo del trabajo.

Otra experiencia similar tiene lugar en la Universidad de San Martín, donde desembarcaron 15 repatriados. Desde Allí, según el secretario de Investigación, Aníbal Gattone, aspiran a “posicionarse como la universidad tecnológica del Conurbano”.

Con 6 especialistas, la UNSAM se hizo referente en biotecnología. Uno de ellos es Gabriel Briones, emigrado cosecha 2001. Ahora, participa en un proyecto de vacunas para el Síndrome Urémico Hemolítico, que en Argentina posee el mayor número de casos en el mundo.

“Trabajando en esta idea siento que de alguna manera puedo colaborar a mejorar la vida de nuestros conciudadanos y devolver algo de todo lo que mi país me ha brindado”, dice Briones en la página del MYNCIT.

En las universidades con trayectoria

En los casos de universidad con más trayectoria y más tradición en investigación, el aporte de Raices fue más puntal. Es el caso del Doctor en Física Santiago Griggera, quien regresó a La Plata tras dos años en Inglaterra y ocho en Escocia.

Su bagaje sirvió para poner en funcionamiento el primer laboratorio para examinar la materia a bajísimas temperaturas. De ese tipo, sólo hay en Bariloche y en la Capital Federal.

Griggera cuenta que pudo acomodarse rápido porque llegó con un cargo docente por, al menos, cinco años. Luego, con un subsidio del CONICET montó su lugar de trabajo en lo que antes era un garaje.

Ahora, sus desafíos son “tener un grupo competitivo a nivel internacional” del que puedan desprenderse subgrupos para avanzar en ciencia más aplicada, como aires acondicionados más baratos y económicos.

Después están los casos donde el desarrollo ha sido en el sector privado, pero no por eso con menor impacto social. “Un médico vino de Suecia y se puso a trabajar en el hospital Alemán con una método de trasplante de hígado que no existía acá”, cuenta Menville.

También se dan las situaciones de excelencia. “La sede argentina del prestigioso instituto alemán Max Planc, la única América Latina, tiene como coordinadores de las áreas a 6 repatriados”, recuerda Menville.

Frenar la emigración

Otro de los objetivos de Raíces fue frenar a la emigración. “Se intentó cambiar la política para los que se fueran tuvieran excusa para volver, aunque puedan terminar su perfeccionamiento”, considera Griggera.

A pesar del avance, las repatriaciones encuentran su límite en los campos donde el desarrollo local es menor que en otros lugares del mundo. Con unos 14 argentinos, la NASA es un paradigma: su vuelta sería un sinsentido. ¿Qué harían?

En esos casos, la metodología es al revés. Raíces prevé las líneas de becas César Milstein para visitas cortas. De esta manera, María Cecilia Zuleta pudo instalarse en la universidad de Tandil y mejorar sus estudios sobre los nacionalismos petroleros.

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